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Del lucro al tiranicidio

2011/02/06

Ha habido pensadores españoles, además de Jaime Balmes. En estos días de terremoto mental en las 19padre marianafosas tectónicas de la democracia, recuerdo frecuentemente a los escolásticos de la Escuela de Salamanca del siglo XVI, verdaderos precursores del capitalismo (si no me equivoco, fueron los primeros, dentro de la Iglesia, que emprendieron la justificación del lucro, hasta entonces tenido por pecadoSun); y también del padre Mariana (1536-1624), paladín del tiranicidio.

Cada vez se vuelven más confusas nuestras ideas sobre la democracia. No sabemos a qué rasero atenernos. Dentro de un régimen oficialmente democrático como el nuestro, o el de casi cualquier otro país europeo, a nadie que no esté tratando de ejercer la demagogia se le ocurrirá afirmar que la voluntad expresada (a gritos y pancartazos, las más de las veces) por unos cuantos miles (decenas, cientos de miles, un millón) de personas en manifestación callejera es razón suficiente para derrocar a un gobierno legítimamente constituido. La «voluntad del pueblo» se expresa y mide mediante las urnas. Y, sin embargo, en otros países más exóticos damos por válida esta expresión callejera de la voluntad popular : en Túnez y en Egipto, por ejemplo. 
     Cabría también observar que la «voluntad» popular puede no valer un garbanzo de tajaricha. fgarbanzostostadosOlvidamos evidencias. Si Franco hubiera convocado elecciones libres en 1964, cuando los XXV Años de Paz que le montó Fraga Iribarne, y las hubiera ganado (eventualidad nada descartable en aquella época), ¿habría quedado avalada su democracia orgánica, sin más dimes ni diretes? Cuando el «pueblo» grita «¡Vivan las caenas!», ¿quedan santificadas las cadenas? Cuando a la mayoría de los ciudadanos les parece bien que sus gobernantes torturen, roben, censuren, maten mediante juicios sumarísimos a los disidentes, hagan, en suma, lo que mejor les parezca, por el bien del país o de la parte rica de la comunidad, ¿quedan cohonestados todos estos comportamientos? ¿Acaso no tiene Berlusconi el apoyo de una mayoría de los italianos, a pesar de estarse pasando el Estado de Derecho por la afanosa entrepierna?
     Estado de Derecho es precisamente la noción clave en esta confusión : hay algo anterior, una conditio sine qua non de la Democracia : que el Estado se conforme en torno a unos principios que impongan, de modo terminante, las normas inamovibles (o muy difícilmente movibles) de la convivencia : los Derechos Civiles, por llamarlos de alguna manera. Su presencia y cumplimiento, y no el apoyo popular (que siempre puede apañarse) es lo que mide la legitimidad del Estado. Los Estados norteafricanos no son legítimos porque no declaran y aplican los derechos de sus ciudadanos, no porque no se practique con la debida asiduidad el refrendo democrático llamado elecciones. Lo que pasa es que, hoy por hoy, no existe tribunal que valore esta legitimidad. Podrían ser las Naciones Unidas (otras Naciones Unidas, claro), podría ser una Corte Internacional ad hoc; pero no : la legitimidad de los regímenes extraoccidentales viene sentenciada por los gobernantes, la prensa y —solo un poquito— la opinión pública de Occidente; que, por el momento, se atiene exclusivamente a sus intereses.
     No hemos arbitrado, ni arbitraremos en un futuro previsible, ningún sistema que garantice la prevalencia del Estado de Derecho en el Planeta Tierra. La Democracia, a secas, puede conducir al asentamiento de regímenes tiránicos, que nuestra civilización no debería admitir. Hay que estar ciego y no hacer caso de las evidencias para no darse cuenta de que la mayoría de los ciudadanos de los países musulmanes no desean ser ciudadanos, sino fieles, es decir miembros de una comunidad religiosa que imponga el modo de vida y los principios del Libro Sagrado. Está bastante claro que los partidarios de este sistema teocrático ganarían las elecciones libres en casi todos, por no decir todos los países musulmanes. Y más claro aún que, una vez instalados en el poder, los teócratas eliminarían todo lo que nosotros entendemos por derechos civiles y, además, tratarían de cerrar para siempre los caminos de acceso al poder por parte de los infieles. Dicho en plata vulgar, un pan como unas tortas.
     Tortas con un final terrorífico, porque los países capitalistas —los países de Yahvé, los países que defienden el lucro pero también el tiranicidio cuando algún poder malvado les niega las ventajas— no pueden permitir, de ninguna de las maneras, que la circulación del petróleo por el canal de Suez esté en manos de Al-lah.

Sun Asombra darse cuenta de que la aceptación del lucro ha sido el ÚNICO cambio de doctrina que ha aceptado la Iglesia en todos sus siglos de existencia; su única modernización. En todo lo demás se ha mantenido y sigue manteniéndose pétrea.

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  1. rafael
    2011/02/13 en 23:20

    Nuestras sistemas democráticos, de elecciones y su funcionamiento son muy mejorables todavía sin necesidad de arrumbar todo el sistema. Podemos reclamar cambios importantes que mejorarían la representatividad del voto, el control sobre el gobierno, la celebración de nuevas elecciones si el gobierno se salta a la torera su programa electoral o las reglas del juego democrático.
    Quizá la cuestión no sea cuál o cuáles son los cambios, sino cómo provocar el cambio. Si nosotros no contamos con la fuerza militar, ¿con qué fuerza contamos para provocar el cambio?. Y otra cuestión, cuándo provocar el cambio. ¿Estamos ya suficientemente asqueados y hartos?.¿Provocar el asco y el hartazgo provocaría el cambio?. ¿No creeis que si en España hiciéramos como en Túnez y Egipo, o sea, invadir por millones una plaza, una ciudad, paralizar el país durante el tiempo necesario, no conseguiríamos sacar del poder al gobierno u obligarles de una vez a realizar los cambios necesarios? Yo pienso que sí, absolutamente.

  2. Enrique J.
    2011/02/08 en 08:54

    Me explico un poco mejor. Estoy completamente de acuerdo con que por muy justos que me/nos puedan parecer los gritos estos no son el medio para cambiar nada. De acuerdo: con las urnas pues. Pero imaginemos que nadie, o sólo una minoría, vota en unas hipotéticas elecciones. ¿Qué pasa entonces? ¿Qué legitimidad tienen los elegidos? ¿Tendría que haber un cambio, qué cambio y hacia dónde y cómo se organiza?

    • 2011/02/08 en 09:32

      Excelentes preguntas, Enrique: sin posible respuesta. Esa revolución, la del consenso total en el rechazo (que implica el consenso total en lo que se implante a continuación, me temo), es hermosa, pero imposible: no la pondría en marcha una simple toma de la Bastilla… Sí, bueno, ya sé, mi propia generación lo proclamó a los dieciséis vientos: «hay que pedir lo imposible», o, dicho de otro modo, más castizo, «el no ya lo tenemos». Pero cuánta paciencia se necesita para avanzar tan despacio y tan mal.

      • Enrique J.
        2011/02/08 en 12:40

        Es complicado, desde luego, aunque creo que en principio no debería de ser difícil alcanzar un acuerdo de forma que permita una discusión sobre el fondo. El problema vendría luego y el islamismo es el ejemplo perfecto. ¿Qué pasa si uno de los jugadores gana abrumadóramente y quiere cambiar las reglas? Mis conclusiones, visto los casos tunecino y egipcio, es que los cambios sólo son posibles mediante la fuerza militar: el que la tiene de su lado gana y, por lo tanto, decide. Pero este es un problema inherente a las democracias partidistas en la que el ciudadano debe delegar y no puede ejerce la decisión directamente. ¿Y si cambiamos el sistema por otro más directo? Con todo lo que eso implica, claro, y no sólo como la sustitución del sistema de votación… Y me temo que el asunto excede la posibilidades de este sistema de comentarios. 🙂

  3. 2011/02/07 en 20:16

    Su artículo es muy pesimista pero tiendo a darle la razón. Pero y ¿por qué no va a ser posible una Ilustración islámica?

    • 2011/02/08 en 09:24

      Es muy difícil concebir en este momento la posibilidad de que el islam renuncie al ejercicio del poder político y la consiguiente implantación obligatoria de sus principios al conjunto de la sociedad (más o menos los que nuestra Iglesia estuvo haciendo durante varios siglos y seguiría haciendo ahora con muchísimo gusto, si la dejásemos). Pero sí, claro, puede haber una ilustración de los países árabes. Yo la espero para dentro de un par de siglos. O, bueno, dada la aceleración histórica imperante, digamos para dentro de cincuenta o sesenta o setenta años. Ya veremos, quienes lo vean.

  4. Carlos
    2011/02/07 en 09:08

    Es muy difícil en los tiempos que corren pronunciarse en términos absolutos sobre democracia, libertad… Al igual que dicen Enrique J., entiendo que hoy es difícil entender por democrático en términos “reales” un sistema como el nuestro en el que se vota un domingo cada cuatro años y en el que los elegidos se permiten incumplir, sin reparo alguno, el programa con el que acudieron a buscar el voto (que se supone es un contrato entre este y sus electores). y ¿qué puede hacer el ciudadano en estos casos? Casi nada.
    Por otra parte tenemos los poderes en la sombra del poder legal: bancos, grandes empresas, etc., que tienen más peso que el voto de los ciudadanos, incluso de forma legal: o esto, o me marcho a otro sitio.
    Finalmente un para de preguntas a las que no sabría qué responder: ¿es el ejercicio de la libertad, expresada en el voto, lo más importante para quien ni siquiera tiene un mendrugo que llevarse a la boca? ¿no será esto de la libertad un capricho de los que comemos todos los días, para entretener parte de nuestro ocio?

  5. Enrique J.
    2011/02/07 en 01:01

    ¿Realmente lo que los ciudadanos voten un día justifica todas las decisiones que los políticos elegidos van a aprobar durante los siguientes mil cuatrocientos sesenta y uno? ¿Por qué gana Berlusconi? Porque hace los mejores anuncios. Resulta que no somos inmunes a la publicidad pero sabiéndolo tal vez deberíamos plantearnos que nuestro sistema de ejercer la democracia no puede basarse en la elección de un líder durante un domingo cualquiera porque, en realidad, siempre votamos por Franco y luego es la “providencia” decide sobre la benevolencia del dictador. ¿O tengo yo culpa de que Zapatero o Rajoy o Rosa Diez no existan y sólo sean el resultado de cien consejeros de imagen y mil campañas publicitarias más o menos encubiertas? ¿Acaso tengo otra elección que votarles a ellos? Por supuesto: no votar. Pero entonces qué pasa si nadie vota.

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