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Confesión n.º 002 – El trato con escritores

2011/01/14

Ya imaginan ustedes que no todos los escritores ganan con el trato. Los hay que sí, sin embargo. Fernando Sánchez Dragó, por ejemplo, es (o era: hace añísimos que no hablamos más de cinco minutos seguidos) un artista del contacto humano en reuniones cortas, y gana cantidubi con el trato. Hubo una época —segunda mitad de los ochenta— en que lo invitábamos con alguna frecuencia a casa. Siempre llegaba tarde, porque se perdía por Aravaca, camino de Pozuelo (a pesar de su asendereada experiencia de viajes mundiales), lo cual daba lugar a que alguno de los restantes invitados de la noche, mientras esperábamos el santo advenimiento, se echara las manos a la cabeza al enterarse de que venía él y anunciara que no pensaba dirigirle la palabra y que a la primera chorrada que dijese le daba una patá en los huevos, etc. Diez minutos después de llegar FSD, todos sus terribles enemigos, sin excepción que yo recuerde, estaban a su alrededor bebiéndole las palabras directamente de la boca y dándole palmaditas en los omoplatos. Qué le vamos a hacer. Encantar serpientes es un don innato, supongo. 
     Uno que ganaba o perdía con el trato era Juan Benet. Ganaba en el tête à tête. Cuando ambos teníamos la costumbre de salir solos algunas noches —él desde la colonia de El Viso, yo desde Pozuelo— y coincidíamos en BocaccioSun, sin público, codo a codo en la barra, me era un encanto charlar con él, la verdad. Nunca resultaba especialmente cariñoso, pero trasladaba fuerza humana. En 12661442cierta ocasión llegó a felicitarme por un trabajo, concretamente la traducción de Une saison en enfer de Arthur Rimbaud. Me quedé atónito. Inmediatamente, para chafar mi contento, no fuera a creérmelo demasiado, me comunicó que Rimbaud era un mamarracho y que a él lo que le gustaba era mi traducción, mi texto, pero no desde luego mis notas: «No sabes qué hacer con la erudición», me condenó… Se volvía insoportable, en cambio, cuando tenía alrededor su público de aplaudidores incondicionales (Antonio Martínez Sarrión, Eduardo Chamorro, Javier Marías, Vicente Molina Foix, Rafael Conte, varios más que no recuerdo ahora; no Juan García Hortelano, que era de verdad amigo recíproco suyoSunSun y que integraba con él un tándem de narrativa oral absolutamente extraordinario). Entonces no había nada desagradable que no se le ocurriese decir, ni arrogancia que omitiese, ni desplante que no gozara asestando a la primera víctima que le quedara cerca. Desempeñaba su papel, hacía lo que su coro esperaba que hiciese. Recuerdo una noche en mi casa, cuando a Emma Cohen se le ocurrió alabar a los novelistas rusos (que él detestaba) y se ganó una retahíla de desprecios verdaderamente sañudos. Mal rato. Emma se volvió con Fernando Fernán Gómez no mucho después.
     Luego están los que no ganan ni pierden, porque encajan exactamente en la imagen que uno se había hecho de ellos antes de conocerlos. Qué sé yo: Gonzalo Torrente Ballester, por ejemplo, impecablemente él en todo momento. Fernando del Paso, nada Palinuro, distante y observador frío. Günter Grass, una exageración modélica. Gabriel García Márquez, otra exageración, menos modélica. Carlos Fuentes, señorito fino, tan bien educado, tan amable, que resulta imposible no intentar corresponderle (tan poco Terra nostra). Maruja Torres, y yo con estos pelos. Manuel Vázquez Montalbán, escanciador y escanciado. Muchos. Juanjo Millás, con un filtro de psicoanálisis en cada ojo.
     Tampoco faltan los que dan lugar a que uno disocie instantáneamente su obra de su persona, tras lo cual la relación con ellos se hace —para bien o para mal— en un plano no influido por la literatura (aunque sí, quizá, por el peso de su prestigio). Pasa mucho con los y las poetas, por motivos que sería complicado explicar. Me pasa con Carmen Posadas, por ejemplo. Me pasó con Saramago, con Juan García Hortelano, cuyas personalidades borraban los libros.
     Y, por último, están los que uno detesta desde el primer segundo, quizá, sencillamente, porque son detestables. Bien comprenderán ustedes que no ponga ejemplos de este último apartado.

[Tampoco pongo, esta vez, los enlaces que suelo añadir a los nombres de personas o cosas mencionadas en el texto. Son muchas, y ya es la hora de comer, y no me apetece. Además, qué puñetas, lo único que tienen que hacer ustedes es meter una búsqueda en Google, si quieren más datos.]

Sun La primera ce también debería ser doble, si admitimos que el mítico bebedero artístico se llamaba así por el poeta italiano; pero el caso es que, por error o capricho, el logotipo decía Bocaccio.
SunSunHay amistades unilaterales y amistades recíprocas. Todos conocemos personas que son muy amigas nuestras, pero solo por parte de ellas, porque nosotros no los tenemos en la lista. Y viceversa, claro, supongo.

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  1. 2011/01/17 en 12:23

    Me uno a la súplica del rescate de su memoria histórica, Ramón. Y mire, le digo más: si las escribe y las publica (previo pago) en su bog, directamente sin editorial, distribuidora, etc, se las compro. Y si no también, pero le haré menos rico.

    • 2011/01/18 en 10:57

      Misterioso mensaje, Carlos, más que comentario. No tengo tanto que contar, en realidad, y casi todo ello se me ha olvidado, y encima nunca he sido de los que apuntan mucho. Solo he llevado dirario durante dos o tres años, a finales de los ochenta, cuando descubrí que mi amigo Javier Maqua estaba escribiendo uno suyo en el que desbarraba tremendamente sobre lo que habíamos vivido juntos o cerca: una broma. Luego lo dejé.
      Pero gracias por la generosa oferta, de todas maneras. Ojalá vieniera alguien y me hiciera rico, sí, pero rico-rico, de los que dejan colocados a sus descendientes para un sinfín de generaciones.

  2. Ramoon
    2011/01/16 en 17:45

    Debo de ser un porterillo de barrio ya que disfruto mucho con estas confesiones (extra)literarias de un autor que estando durante su buen tiempo en el “candelabro” tiene todo el perfil para hablar con la objetividad subjetiva (¿mande?) de aquel al que (¿ze ezcribe azín?) dicho cotarro se la trae al fresco o al menos no bebe los vientos por él…

    Leí las memorias de Muchnick buscando algún disfrute parecido pero ronqué un poco, leí las de Munarriz y ronqué otro poco, me pasó igual con otros tantos editores, un poco “maniatados” por la cosa estupenda de la amistad y la no menos hermosa de los negocios… O mi alma de porterillo de barrio roncó en realidad, pues las leí ambas con el respeto que me merecen esos dos editores metidos a escritores… No contaban nada interesante sobre eso que no debería de importarnos, y mucho menos debería de afectarnos para enjuiciar o siquiera empezar a leer una obra literaria pero que, si somos sinceros, sí que nos importa a casi todos… Son unas pocas las anécdotas vitales de algunos autores, contadas por otros, las que me han negado el acceso a su obra por una humanísima antipatía de caracteres… Lo cual no es siempre así, claro, puedo leer a Proust sin problemas o a Celine aunque no soportase ni dos minutos cerca del primero y al segundo tal vez terminase por darle su buen par de hostias, por nazi y por cabrón, por lepenista.

    Sánchez Dragó por ejemplo es uno de esos autores que no leo ni puedo leer. Primero porque, leídas sus primeras páginas, intuyo que su obra es aburrida de cojones, según mi traicionero (nada leal) saber y entender… Y segundo porque mostrándose en público con toda su valentía de hombre (con su ego flotándole siempre por su aura místico filosófica y pedantesca) se me hizo desde hace mucho un personaje insoportable… Aunque en una cena de esas que habla Ramón, no dudo que me podría quedar engullido en un sofá escuchando cómo hace él para eyacular padentro toda su sabiduría lechal y demás engatusamientos para literatos sosos y chicas fascinadas con el arte de contar, (boludeces, casi siempre)… No le niego a Don Fernando su buena categoría de princippísimus de la oralidad, a pesar de su cargante pedantismo que imagino será menor en la intimidad porque de lo contrario me extrañaría que nadie nunca se haya abierto la bragueta en su presencia y lo haya meado así por encima como un gesto de budismo zen purificador con la intención de amenizar la velada… o la patá en los huevos esa de la que se habla, pa que eyaculara padentro pero der tó.

    En la vida mira que es importante tener conversación y ese magnífico don de contar las cosas bien contadas, de manera que intriguen, que focalicen la atención del receptor… Oh, como pestañean los párpados de algunas cuando se cuenta la vida de viva voz y de fermosa manera… es decir cuando se miente en voz alta de viva voz… Será por eso del ennui o como se escriba eso del tediazo y la carta de ajuste en que a veces para muchos se convierte la vida, sus vidas.

    Decía Michi Panero que lo peor que se puede ser en esta vida es ser un coñazo… pero creo que rivaliza con eso la buenaventura de ser uno un soso, estado placido donde los haya, porque ni siquiera hay que gesticular ni mover las manos poniendo el acento en las cosas, pero que te deja sin espectadores, de ahí la placidez, a costa del ego, que se enfurruña como una puta sin clientela.

    Como dijo Moreno Ruiz por aquí, hace poco… siga contando, Ramón, por favor… una memorias de sus años de editor serían una auténtica gozada, ya sabemos que no las regalará ni venderá pero serían una gozada… (para los noumenos con alma de porteros, claro)

    Saludos mexicanos, país de chaparros pobres e hijosdeputas locos, entre otras cosas, siempre entre otras cosas y gracias a la vida que me ha dado tanto etc etc…

    • 2011/01/18 en 11:01

      Ay, Ramoon, Ramoon, qué envidia me das, allá en México. A mí que ya no iré a ninguna parte muy alejada. En fin… Iré contando lo que pueda, cuando pueda, si me acuerdo. Siendo, como soy, un cotilla tamaño, comprendo el placer del chafardeo sin que nadie me lo explique.
      Que no decaiga.

  3. Liu
    2011/01/15 en 16:38

    ya decía yo que bailabas claqué…

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