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Libros leídos en voz alta

2011/01/10

En la segunda mitad de los noventa, Juan Cruz volvió de uno de sus repetidos viajes a Estados Unidos con la decisión tomada (quizá en connivencia con Sealtiel Alatriste) de que Alfaguara produjese y lanzase una serie de audiolibros, es decir de obras literarias leídas en voz alta por algún especialista, o por su propio autor, y grabadas en casete, para posterior escucha en casa o en la radio del automóvil. Por la razón que fuese —y sin nombramiento oficial, como era costumbre en mis relaciones con la Casa—, quedé encargado de cumplir con el proyecto, lo cual incluía, desde luego, organizar y DIRIGIR las grabaciones en los estudios de la SER, contactar con los actores y los autores, ver qué podía hacerse para promocionar el asunto, etc. El lanzamiento fue un fracaso rechinante, por motivos que ahora a mí plim, pero que —nadie podrá negármelo— yo advertí desde el principio, en un plan pájaro de mal agüero que siempre he detestado, pero al que me obligaba con demasiada frecuencia el optimismo incontrolable (y exuberantemente creativo, todo hay que decirlo) del director de la editorial, el susodicho Juan Cruz Ruiz.
     Grabé un montón de libros, eso sí. Al principio, con la colaboración de Carlos López Tapia, director del programa «Lo que yo te diga» de la Cadena SER, y —que yo sepa— único crítico cinematográfico invidente que ha dado la profesión. Luego, cuando Carlos dimitió, con ayuda de Elena Ramírez (la actual directora de Seix & Barral), y más luego aún con la asistencia esporádica de Beatriz Salama. Empecé con Manolito Gafotas, grabado por la propia Elvira Lindo (a quien no conocía entonces ni de oídas, o solo porque se había casado con Muñoz Molina y Juan Cruz la nombraba a cada rato, pero cuya profesionalidad me sorprendió, y cuyos textos tampoco me parecieron tan malos como —según mis prejuicios de aquella época— cabía esperar de algo que tiene éxito en la radio). Luego pasamos al Pequeño Príncipe de Saint-Exupéry, tras varios encontronazos telefónicos casi a grito pelado con una señora de Gallimard que se negaba a darme el permiso. Leyó Adolfo Marsillach y, afortunadamente, fue López Tapia quien dirigió la grabación, en mi presencia. Quizá fuera aquello lo que provocó su dimisión. Había leído Marsillach un párrafo, en el tono que él mismo se había marcado desde el principio, como de señor muy sensible y muy asombrado, de viejo infantil, y a López Tapia se le ocurrió comentarle por el interfono del estudio: «Yo eso no lo leería así, Adolfo». A lo cual el gran actor replicó, sin volverse siquiera a mirarlo: «Pues yo sí». Ya saben: el verbo ego, que no existe ni en griego ni en latín, pero cuánto poderío ejerce.
     Creo que el título siguiente ya la hice yo solo: La soledad era esto, de Juanjo Millás, con Charo López al micrófono. En el borrador de la grabación, según me comentaron los técnicos, había al final cerca de trescientas interrupciones por enganches de pronunciación o de lectura que cometía Charo, cada uno de ellos acompañado de un exabrupto, casi siempre el mismo: «Me cago en mi puto padre». Fue una pesadilla. A ella le salieron ronchas —no metafóricas: reales— y yo tuve que vivir el disgusto de que me denunciara ante Juan Cruz porque no la dirigía lo suficiente. Al final, un par de cubatas, con mi mujer en medio, amatando las chispas, nos permitieron alcanzar un punto de convivencia y, en una semana más, terminar el trabajo.
     Figúrense los señores con qué ánimo me planteé la grabación siguiente, que era nada menos que el marineroentierra 001 (Mobile)Marinero en tierra de Alberti, con Nuria Espert. La diva más diva de todas las divas hispanas, con un texto que se sabía de memoria, de un poeta al que había leído en público ni se sabe cuántas veces… Decidí que iba a estar muchísimo más mono si cerraba la boca, y reduje mi tarea a unas cuantas intervenciones para señalar algún error u omisión de lectura, dando por supuesto que nadie puede ofenderse porque le digan que se ha saltado un «pero». La reacción de la señora Espert era tan amable, en todos los casos, que acabé cogiendo confianza y, terciado ya el libro, habiéndome dado cuenta de que a la lectora se le atascaba un endecasílabo y que no le gustaba cómo estaba leyéndolo (ni a mí tampoco, claro), me armé de valor, pinché el botón del interfono y le dije: «Nuria, perdóname: como tú misma has observado, este último verso no acaba de quedar redondo. Yo creo que es porque no estás poniendo los acentos en su sitio». Llevé mi osadía hasta al extremo de leerle yo el verso, exagerando los acentos en primera, cuarta, séptima y décima. Y callé, en espera del merecido desprecio. Ella se limitó a pronunciar el verso exactamente igual que lo había leído yo y a continuación preguntarme: «¿Así?». «Sí, me parece que así». «Pues tienes razón, queda mejor». Y seguimos con el trabajo. Creo que intervine alguna vez más, ahora ya con gusto y sin miedo. Desde entonces la quiero, a doña Nuria, sin que ella lo sepa.

Fue una experiencia mezclada, esta de los audiolibros. Por una parte, la antipática sensación de estar trabajando para nada, porque aquello no se vendía ni declarándolo obligatorio en el Boletín Oficial de la Nación Polanca. Por otra parte, las horas y horas de colaboración con tanta gente agradable en la persona y/o admirable en lo profesional. Fernando Fernán Gómez convirtiendo El largo viaje en una tercera versión del texto, que no coincidía ni con la novela ni con la película. José Sacristán obligado a improvisar (y haciéndolo sin el menor esfuerzo aparente, sin trompicarse más allá de dos veces) porque Juan Cruz le había dicho que íbamos a leer un libro de Pérez-Reverte y en realidad teníamos programado otro. José Luis Sampedro leyendo La sonrisa etrusca (diez casetes: no sé cuantísimas semanas de grabación; al final lo festejamos los tres, Bea, José Luis y yo, en Los Remos, devorando bogavantes como bárbaros). Una par de anécdotas infantiles que Benedetti tuvo el cariño de compartir conmigo, en el Sahara de la Gran vía, frente a la emisora, entre sesión y sesión de su versos. Los toques a Javier Marías, que agarraba tonillo en cuanto se descuidaba uno, pero que acabó haciéndolo pro. Adriana Ozores con las memorias de Erica Jong en traducción de Mariano Antolín. Joaquín Climent con El dueño del secreto de Antonio Muñoz Molina. Y vaya usted a saber, ahora, qué otras cosas olvido. (Sí: la casi dramática grabación del Aura de Carlos Fuentes, leída por él mismo, con su hija Natasha haciendo un papelito.) No conservo ningún catálogo de los audiolibros. Ni siquiera las casetes, porque me las olvidé en mi despacho el día en que, tras el cambio de dirección y el advenimiento al poder de una persona que me detestaba (y, supongo, me seguirá detestando, como yo a ella), me hicieron salir a toda prisa de la editorial. No es asunto del que me guste mucho hablar, pero supongo que algún día tendré que contar estas cosas, mintiendo u omitiendo tanto como los demás, o quizá acertando con alguna verdad.

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  1. 2011/02/05 en 19:47

    Yo lo pase muy bien haciéndolo,y no quede insatisfecho del resultado.Claro que ya se sabe que los actores …
    Tengo cariño por esa experiencia.
    Un abrazo.
    Joaquín Climent.

    • 2011/02/06 en 08:13

      Un abrazo, Joaquín. La verdad es que apenas recuerdo tu grabación de El dueño del secreto, por la sencilla razón de que todo fue impecablemente, sin anécdotas ni chascarrillos. 🙂 Y sí que quedó muy bien… Lástima no poder hacer más cosas de estas.

  2. Pablo Ayllón
    2011/01/13 en 19:15

    Me sorprende lo de Manolito Gafotas. Me lo pasé muy bien con los libros (y eso que no me pillaron tan pequeño), especialmente el cuarto, titulado si mal no recuerdo “Yo y el Imbécil”. El Imbécil era el hermano pequeño de Manolito.

    Por cierto, y aunque no venga muy a cuento, hace poco encontré por casa “La tierra del oro ardiente”, un libro que leí hace mucho y que quizá le suene, Ramón.

    • 2011/01/15 en 12:55

      ¿Qué es lo que te sorprende de Manolito Gafotas, Pablo?
      La tierra del oro ardiente es una de mis (afortunadamente) no muchas traducciones nutritivas. No recuerdo ni una sílaba del libro. 🙂

  3. Marian
    2011/01/11 en 23:37

    Ha sido un placer leer este artículo. Gracias. marian

    • 2011/01/13 en 18:26

      El placer es mío, por supuesto. Abrazo.

  4. 2011/01/11 en 12:13

    Yo tengo el de Marinero en Tierra. Sinceramente, a mí la lectura de Nuria Espert me pareció un poco empalagosa. No sé si es “divismo”, pero los actores muy loados acaban parodiándose a sí mismos, es decir, acaban siendo un único personaje, no sé si me explico. (Dicho sin querer faltarle al respeto, sino a modo de crítica) Un poco, ya que también mencionas “El viaje a ninguna parte”, como el gesto de gangoso del personaje que hacía Sacristán en la película, que él, el personaje, creía que era el gran logro de su imaginada vida de actor famoso.

    • 2011/01/11 en 14:19

      Yo la verdad es que solo oí a Nuria Espert leyendo Marinero en tierra mientras la grabábamos, de manera que no sabría discutir al respecto. Por otra parte, «empalagosa» es un término de aplicación muy personal. Si he de ser franco, a mí, en general, no me gustan los actores leyendo verso, ni siquiera los más renombrados, como Valladares en tiempos. El problema suele ser de mal oído puro y simple, aunque parezca mentira. Hace unas semanas, en el homenaje a Jesús Munárriz en la Biblioteca Nacional, comentábamos una cuestión suplementaria: el misterioso hecho de que muchos poetas escriban magníficamente los acentos y luego, al leerlos en voz alta, se los carguen…

      • 2011/01/13 en 12:03

        Por esa razón quise precisar que mi intención no era faltarle al respeto. Faltaría más.

        • 2011/01/13 en 12:46

          Nunca me he sentido muy respetable, de manera que no resulta nada fácil faltarme al respeto, Ricardo. ¡Y menos con una opinión que no se me aplica! 🙂 Saludos.

  5. José Luis Moreno-Ruiz
    2011/01/11 en 11:20

    Sigue contando, Ramón, por favor…
    JL

  6. Liu
    2011/01/11 en 09:36
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