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Peligros de las técnicas

2010/12/18

Supongo que nadie ha dominado los ritmos de la lengua castellana como el nicaragüense Rubén Darío.
     Pero.
     Hay talentos que absorben demasiada atención del creador y acaban por reducirlo al absurdo. Rubén Darío produjo auténticas maravillas rítmicas, pero también algunos de los peores poemas jamás escritos en la lengua de las «ínclitas razas ubérrimas».
     Uno, por ejemplo:
Marcha triunfal. Es bailable, el cabrón; pero qué espanto, lo que dice, qué metaforerío desaforado, que sensaciones tan triviales y bajunas transmite.
     Dos, por ejemplo:
Salutación del optimista. Menos bailable, más tipo minué, pero igual de espantoso que el anterior. Tiene, al menos, cierta ironía en el título. Ya es algo. Yo se lo haría aprender a todos los hispanos de Estados Unidos, sobre todo a los de segunda generación, esos que ya se han olvidado del español de sus orígenes, como —pongamos por caso— la cretina de Cristina (Aguilera):

(Final in crescendo con tutti y castañuelas.)
La latina estirpe verá la gran alba futura,
y en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea esperanza la visión permanente en nosotros.
¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

Eso sí: nadie ha escrito un ternario dactílico mejor redondeado que el del último verso.

***

A parecidas catástrofes puede conducirnos, ahora, la excesiva atención que demasiados creadores están poniendo en la técnica. En literatura, viene sucediendo desde siempre: casi todos los juegos formales se 150px-Rubén_Daríohacen en detrimento del contenido, del fondo de la expresión, que en última instancia es lo único que cuenta. No se libra ni Mallarmé, muchas veces. Y lo dice alguien como un servidor de ustedes, que lleva practicando ese tipo de juegos desde pequeñito, pero siempre con muchísimo cuidado, procurando que la forma sea un modo de empujar el contenido hacia el lector, no un decorado tan hermoso como inane; vacío. En eso podríamos aprender mucho de la buena publicidad, los escritores.

[Pediría perdón a Rubén por serle tan traidor, pero es que no se me ha ocurrido otro poeta que mejor represente el daño de la forma sobre el contenido. Ni siquiera Manuel Machado, hijo suyo, cayó nunca tan hasta el fondo de la trampa. Pero conste que algunos poemas de Darío me emocionaron mucho cuando era pequeño (¡el hermano lobo!), y conste, también, por si ello significara algo, que sigo sabiéndome de memoria aquello de la mar y las sutiles esencias de azahar. Pero lo cierto es cierto, qué le vamos a hacer.]

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