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La libertad de Jonathan Franzen

2010/12/05

En los USA practican —muy bien practicados, además— todos los modos de escribir novelas; pero uno de ellos es típicamente usaíno, porque los escritores usaínos lo crearon y porque sus manifestaciones en otros ámbitos culturales son meras copias del modelo original. Me refiero a la novela que no es literatura, sino crónica elaborada según métodos periodísticos y publicitarios. Me atrevería a afirmar, incluso, que esta manera aliteraria es la favorita del público de por allí e incluso de sus profesores y críticos.
     Digo esto para explicarme por qué he leído hace ya unas semanas la última novela de Jonathan Franzen, Freedom, y no me he molestado en escribir nada sobre ella. Es curioso, time-franzende veras. Disfruté la lectura casi página por página e incluso se me saltaron las lágrimas al final, quizá porque los viejos lloramos con cualquier cosa, quizá porque el texto de Franzen, concretamente en esa escena (que no contaré para no destripar el libro), alcanza en la transmisión de sentimientos y sensaciones y en el contagio empático un nivel de eficacia que solo encuentra uno en los altísimos textos literarios, pero que aquí está conseguida por los procedimientos arriba aludidos, es decir los utilizados en la crónica periodística y en la publicidad.
     ¿Tengo algo que oponer? Sí, porque a mí solo me interesa la literatura y no me gustan nada los trucos aliterarios de Franzen. Ya me disgustaron hasta la saciedad cuando tuve que traducir su novela anterior, The Corrections, éxito enorme en USA y éxito bajito en Europa, que me enemistaron para siempre con el autor, hasta el punto de negarme a trabajar ningún otro texto suyo. (Como tantas veces he dicho, apenas hay libros que soporten la «lectura de traductor», la que hacemos mientras lo pasamos a otro idioma; quizá porque ninguno libro está pensado para leerse tan despacio y con tanta detención en los entresijos del texto.) En The Corrections había más trucos periodísticos y publicitarios que en ningún otro libro que yo hubiera leído antes, incluido Cien años de soledad: caracterización de los personajes mediante gruesos trazos que el lector reconozca con facilidad, según avance en la lecturaSeñalando; predominio de lo pintoresco sobre lo significativo; efectismos diversos, sobre todo en las jergas de cada oficio que desempeñan los protagonistas… Si a todo esto añadimos lo que cuento en
Diario de una traducción, publicado en el Centro Virtual Cervantes en 2004, comprenderá el lector que mi amor por ese señorito con gafas no sea precisamente muy intenso.
     A pesar de ello, más por probar una lectura larga en el iPad y el Kindle que por verdadero interés en el libro, me bajé Freedom  (previo pago, ¿eh?) y me puse a leerlo. Al principio me pareció la pintura de una familia usaína (con algún adlátere) hecha con procedimientos de revista del corazón. Y quizá no estuviera equivocada esa valoración primera, pero el caso es que seguí leyendo, cada vez más metido en el texto, y acabé —como más arriba he confesado— con un ataque de emoción y llorando yo solo en la bañeraSeñalandoSeñalando . Eso no es un fracaso, para un escritorSeñalandoSeñalandoSeñalando, ni muchísimo menos. Franzen ha debido de hacer varios cursillos de empatía y desde luego ha aprendido mucho de las reseñas hostiles (varias hubo) que provocó The Corrections. Esta vez hay menos caprichos léxicos; la escritura prescinde de esos párrafos largos rigurosamente planificados para extraviar y atontar al lector, amolleciéndole las entendederas; los personajes son igual de tópicos, pero más, mucho más humanos; y el mensaje se hace contundentemente elemental: mire usted, señor lector, el amor es una cosa complicadísima, pero, como usted bien sabe, señor lector, como usted bien quiere creer —que para eso es americano, y no un europeo cínico—, el amor prevalece y acaba imponiéndose a cualquier trastada de la mala educación sentimental o del destino. Toma allá. Detectemos, también, gruesas gotas de crítica social no demasiado rotunda ni clara, para no alejar del todo (piensa uno, con mala fe) a los y las del Tea Party; escenas de sexo mejor contadas y transmitidas que en The Corrections (debe de haber ligado un montón, el autor, con el éxito); buena prosa, en general; historias paralelas menos caudalosas que en el libro anterior, e interesantes per se (nada de aventuras yanquis por el exótico continente europeo, esta vez).

O sea: no tengo motivo alguno para no recomendarles a ustedes la lectura de Freedom, que seguramente se llamará Libertad, o La libertad, cuando salga en español; pero nadie me hará otorgarle la condición de literatura, o no, al menos, de lo que yo considero literaturaSeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalando. Ea, queda dicho.

SeñalandoTriquiñuelas baratitas de las que fui consciente por primera vez durante mi lectura de La guerra del fin del mundo, hace ya añísimos: otro texto más periodístico-publicitario que literario.
SeñalandoSeñalando Como ya he contado demasiadas veces, la bañera, de alta madrugada, es uno de mis sitios favoritos para leer.
SeñalandoSeñalandoSeñalando De hecho, ya metidos en confesiones, reconoceré el placer que me entró cuando Valeria Ciompi, la directora de Alianza, me dijo que había llorado con los amores de Laurence y Rodrigo en El último negro.  A qué más puede uno aspirar, ¿no?
SeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalando Y ¿qué es lo que yo considero literatura? Cualquier texto, bueno o malo, escrito con intención literaria y artística que yo pueda percibir y que me excite el placer de lectura e incluso me provoque las ganas de escribir yo. Más o menos.

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  1. Jesús Zulaika
    2012/02/02 en 14:47

    Freedom -que he leído en inglés, en noble papel- es una novela cojonuda. Y, por ende -siendo “novela” y siendo “cojonuda”-, es Literatura, y de la buena. Otro asunto muy distinto es si es literatura vanguardista, o experimental, u ombliguista, o pajillera, o ensimismada, o de connaisseur, o del Mal de Stendhal, o retro, o camp, o kitsch o de libro al peso (cuanto más tocho mejor) -póngasele cualquier otro adjetivo o determinativo que se quiera…

    Pero Franzen no es Grisham ni Crichton ni Forsyth ni… ningún flautista de Hamelín de folletín-miniserie o de sagas (toma calco) de tres al cuarto.

    Pocos escritores escriben un inglés tan delicioso, pulido, preciso, culto, respetuoso con la sintaxis genuina -de artesano de una lengua que también bebe en fuentes latinas y griegas- como Jonathan Franzen. Y pocos narradores saben construir como él personajes complejos -eso sí, que se hacen la picha un lío (¿quién no?)- y al mismo tiempo primarios y humanos y tiernos y grotescos.

    No he visto un solo truco en su texto, ni en su historia. Ni uno solo. Y vaya si me fijo. (Y, aunque toda su prosa destila un gran aliento poético, no he llorado al final. Franzen no es Douglas Sirk, ni Walt Disney.)

    Tengo objeciones que hacerle, cómo no -objeciones literarias-, pero desde luego no tienen nada que ver con las que le hace Buenaventura desde su bañera -guiado por no se sabe qué doctrina exquisita o qué cogollo esotérico de requisitos- para despojarle de la condición de literato.

    Sospecho que lo que Buenaventura piensa que es literatura y lo que yo considero como tal difieren como la noche del día.

    Y no pasa nada.

    Jesús Zulaika

    • 2012/02/02 en 18:32

      Pues no, no pasa nada, Jesús. Me atengo, sin embargo, a lo que dije en su momento, que no será cosa de repetir. Saludos.

  2. Guillermo Álvarez
    2011/10/12 en 10:22

    Buenos, días. Tengo gran interés por leer este libro pero en ebook. ¿Podría darme la referencia de dónde lo ha comprado?, porque todas mis búsquedas en ese sentido han sido infructuosas.
    Un saludo.
    Guillermo Álvarez

    • 2011/10/12 en 10:46

      Yo compré en amazon.com la versión Kindle, recién publicado el libro en Estados Unidos. Si lo que usted busca es la traducción española, me temo que no va a encontrarla.

      • Guillermo Álvarez
        2011/10/14 en 21:40

        Sí, buscaba la versión española. Muchas gracias por la información.

  3. 2011/07/07 en 07:21

    También yo me la he leído y estoy totalmente en desacuerdo con tu reseña. Freedom es literatura. Puede que nos guste más o menos, pero una obra literaria es, y es algo innegable. Que la autobiografía de Patty no sea todo lo creíble que cabría desear, cierto, pero es un buen intento. Y la trama está bien estructurada; para un norteamericano, Franzen da muestras de saber destilar ironía, a veces incluso sarcasmo, y eso es algo inusual entre los autores de los EE.UU. En mi opinión, es una estupenda novela.

    • 2011/07/07 en 08:38

      No vamos a pelearnos por Franzen: como padre, me deja mucho más inquieto tu apodo que cualquiera de las artimañas del magno escritor. Tampoco voy a cambiar de opinión claro: de gustibus… Señalemos, solo, que en la tradición narrativa americana hay una escuela irónica poderosíma. Aunque, por supuesto, todo dependerá de lo que cada cual entendamos por ironía.
      En todo caso, me alegro de que Freedom te haya parecido una novela estupenda: no, repito, porque esté de acuerdo contigo :-), sino por lo que habrás disfrutado leyéndola. Saludos.

  4. 2011/02/03 en 20:11

    Llevo leídas más de 100 páginas y me estoy pensando si continuar. Buscaba reseñas que me ayudaran a decidir qué hacer, y lo que te he leído, si lo he comprendido bien, se condensa en un mensaje bastante claro (que me ronda la cabeza desde las primeras páginas del libro): SUPERFICIALIDAD. No sé si es exactamente esto lo que quieres decir cuando no otorgas a esta novela la condición de literatura.
    Leo en la contraportada comparaciones con Dickens y Tolstoy y (exageración comercial aparte), me quedo de piedra. Veo una entrevista para Barnes & Noble con Franzen, y le oigo decir, poco menos, que está retratando una generación. No entiendo nada.

  5. Ramoon
    2010/12/06 en 16:05

    La cita anterior la extracté de “Elogio de la impertinencia” de Piergiorgio Odifreddi (RBA Libros S.A)… con ensayos cortitos y variados (más bien articulitos) la mar de interesantes.

    Me atrevo a recomendarlo.

  6. Ramoon
    2010/12/06 en 15:58

    No es lo mismo, supongo, para su propio placer que le llore una mujer al leerle que un hombre, pero dejo por aquí escrito que en determinados pasajes de la novela que lleva a Tánger hasta en el título me emocioné hasta bien entrados los bordes lagrimales, (también con su Dueña…), lo curioso es que la emoción se desbordaba entre la escena en sí (lo que se contaba) y su elección para engarzar las palabras (como se contaba)… Me emocioné incluso en esa conversación telefónica que parece transcrita de lo bien que recoge la oralidad de la escena.

    Redicho ya mil veces lo inmune que es usted a los halagos, redicho quede también, para ir a la par, que pocos han escrito en español mejor que Don Ramón Buenaventura de entre los nacidos en las últimas seis décadas.

    Una de los mayores logros de un poeta de vanguardias devenido prosista vanguardista (porque lo es, lo uno y lo otro), es que nadie podrá preguntarle como hiciese Francois Bérad a su contemporáneo Michel de NÔtre-Dame, alias Nostradamus o Nostragamusinos): “He leído lo que ha escrito, pero no he entendido nada. ¿Podría ser más claro?”

    • 2010/12/06 en 18:34

      Pues no sé, Ramoon, qué quieres que te diga: no son pocos quienes me han echado en cara que no se me entiende nada… En estas cosas, una nunca sabe quién tiene razón. Es imposible conciliar los juicios positivos con los juicios negativos. Es una arrogancia por parte del autor valorar más los juicios positivos que los negativos. 🙂

  7. 2010/12/06 en 12:41

    Evidentemente, todos nos interesamos en lo que nos interesa, y nos desinteresamos de lo que nos desinteresa: nada que discutir. 🙂

  8. Liu
    2010/12/06 en 10:29

    No, claro, Ramón, pero lo que yo he leído escrito por él no me ha dado para interesarme más de 20 páginas.

  9. 2010/12/06 en 10:18

    Me tengo que haber expresado muy mal si has entendido eso, Liu: Freedom no tiene absolutamente nada de aburrido.

  10. Liu
    2010/12/06 en 10:04

    en pocas palabras A-BU-RRI-DÍ-SI-MO, supongo que es lo que se entiende por típico wasp

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