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Comentario trivial sobre el hecho de leer a máquina

2010/10/21

Voy acumulando cierta veteranía en la lectura con aparatos. Primero me compré el Kindle grande y luego, para poder trabajar en la edición de El año que viene en Tánger, me hice con un iPad. Los utilizo ambos.

El Kindle, más sobrio y más ligero, es perfecto para ir leyendo, sin gasto de papel y tinta, los artículos que me bajo de diversas fuentes y grabo en formato PDF. La tienda de imagesAmazon ofrece mucho material gratuito, además; lo cual me invita a bajarme clásicos que no he leído y dejarlos ahí a la espera, como siempre hemos hecho con los libros «naturales». Así me leí por fin el Bartleby, the Scrivener, de Melville, esa obra que recomiendan tanto tantos sabios escritores y que yo, obnubilado por mi rechazo visceral de Moby Dick, siempre me negué a añadir a la biblioteca. (Qué quieren que les diga: no vale un pimientillo, el tal relato; ingenioso, quizá, en la ocurrencia de ese tipo que prefiere no hacer nada, poniéndose en una situación laboral imposible; demasiado inverosímil para mis tragaderas, sin embargo: no imagino jefe en este mundo que aguantase tal comportamiento.) (Eso sí: la escritura, el lenguaje, tienen mucha gracia, se ajustan de un modo asombrosamente perfecto a la personalidad del narrador. No sé si este punto lo señalan los grandísimos y admirables expertos españoles.)

El iPad pesa demasiado y no se agarra bien, pero tiene la ventaja (o desventaja: puede cansar los ojos) de la imagesipadpantalla iluminada, que permite leer en la cama sin molestar a nadie; y, desde luego, su capacidad para reproducir color lo hace mucho más espectacular que el Kindle (no hay más que ver la versión para iPad de El año que viene en Tánger) (no me irán a prohibir sus mercedes que publicite dos veces mi propia obra, ¿verdad?). Hasta ahora no lo había utilizado para leer nada, pero el otro día me compré Freedom, la nueva novela de mi no muy amado Jonathan Franzen, y me puse con ella. No tarda uno en acostumbrarse a pasar las páginas a golpecitos o a utilizar el marcador, pero hay un extraño detalle que no he visto mencionado en ninguna parte: la sensación de estar flotando en un espacio sin límites concretos, que desconcierta al lector. Con el libro «natural» tenemos sensación de volumen, sentimos —sin necesidad de mirar el folio— cuánto llevamos leído, cuánto nos queda por leer; tocamos el espesor de las páginas. Con la máquina, permanecemos en una especie de ingravidez, aunque sepamos exactamente dónde estamos. Curioso. No es molesto. Sencillamente raro.

(Entre paréntesis: Freedom me va pareciendo una celebración de la trivialidad —je m’en fous comme de la pluie—, una ufana exhibición de prosa maniática, un tomo de lectura rápida, sin más; pero es que el tipo se me hizo tan antipatiquísimo cuando traduje su novela anterior, The Corrections…)

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  1. Himar
    2010/10/27 en 12:03

    No creo que el uso del libro electrónico se generalice.

    Aparte de por mi deseo personal, algo totalmente irrelevante, creo que esto será así por lo siguiente: si finalmente se imponen los cacharros de marras, lo hará al mismo tiempo el pirateo vía internet de los contenidos, con lo cual los autores verían reducidos sus ingresos intolerablemente (a no ser que se militarizase internet, lo que me parece más difícil aún).

    • 2010/10/27 en 12:18

      Qué voy a decir. Por las mismas razones podría no haberse generalizado el MP3… Se verá. 🙂

      • Himar
        • 2010/11/03 en 12:40

          Un artículo cuajadito de disparates y de cifras manipuladas a gusto de los editores. En iPad, precisamente, descargarse cosas ilegales no resulta nada fácil, porque está el Gran Hermano de la Manzana Mordida controlándolo todo. Eso sí: hay montones de libros que se puede uno bajar gratis, pero sin pecado… Espero, por cierto, que nadie haya entendido que la edición iPad de El año que viene en Tánger es pirata. Se vende a 2,49 euros. En ese nivel de precios deberían estar los libros digitales, sobre todo cuando no son primeras ediciones y ya están amortizados. Pero los editores se empeñan en ordeñar al máximo, como los fabricantes de música. Y gracias por el enlace: hoy no había leído aún El País.

  2. hector
    2010/10/23 en 19:15

    Barnaby el escribiente, de Melville, es una excelente descripción de una persona con TEP ( transtorno esquizoide de la personalidad) profundo/alto . Hay otras, pero esta es quizás la mejor, la más literaria . Es irrelevante que le resulte verosímil la historia o no: sencillamente es así como “funcionan” esta clase de personas. No es un cuento. Leída prácticamente como una descripción clínica, adquiere todo su sentido. Un cordial saludo.

    • 2010/10/23 en 22:22

      Sí, Héctor; pero lo que yo encuentro inverosímil no es el comportamiento del escribiente, sino el aguante de su jefe. De todas formas, en efecto, da igual lo que yo piense o deje de pensar sobre tan alabada obra. 🙂

  3. Lectrice égoïste
    2010/10/22 en 17:00

    Comparto esa extraña sensación ante el Kindle. Compensada por la satisfacción de llevar con nosotros fragmentos de algunos de nuestros textos preferidos.

    De la lectura de Diario de una traducción —al margen de los irritantes términos culinarios—, no parece intuirse esa antipatía por el Sr. Franzen. Claro que, después de tantas páginas y recetas imposibles, todo cabe.
    http://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/abril_04/29042004.htm

    (Por cierto: si el Sr. Franzen hubiese probado el cochinillo a la sal, ¡tal vez lo habría adoptado como abrigo…! para satisfacción del traductor. No fue así: qué le vamos a hacer.)

    ( Las correcciones sigue esperándome, pacientemente, en su estantería. Llegará el momento.)

    • 2010/10/22 en 19:03

      Creo, Lectrice, que en el Diario de una traducción digo lo suficiente como para que el lector comprenda que no amo a Franzen. 🙂 Adelanto que según avanzo en la lectura de Freedom va pareciéndome mejor el libro, gracias sobre todo a un cambio espectacular con respecto a The Corrections: aquí parece que Franzen siente algo por sus personajes, que no se limita a observarlos y discribirlos, que le levantan cierta ternura. Pero hasta ahora solo he leído el 24%.

  4. 2010/10/22 en 11:06

    Otra cosa que no tienen los libros electrónicos es el olor del papel. Me encanta sentirlo mientras leo, e incluso, llevarme el libro a la nariz para notarlo mejor. En fin, los fetiches de cada lector que habrá que ir superando, me temo.

    • 2010/10/22 en 18:59

      Bueno, cada cual utiliza su sensualidad para lo que mejor le sienta. 🙂 A mí el olor del papel, la verdad, me pasa inadvertido. De todas formas, no creo que ninguno de los lectores vivos de este momento llegue a ver la desaparición del libro tradicional: no será necesario que renunciemos a nada; eso sí: los caprichitos sensuales nos costarán cada vez más caros.

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