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Monumento: profunda meditación de hace unos meses que se me había quedado por ahí perdida

2010/09/24

Los escritores, a veces, tienden o tendemos (por qué excluirme, en realidad: montón de libros publicados) a montar monumentos, a incurrir en proustismos encabritados. Pocas veces se alcanza el calibre del original (del tiempo perdido, quiero decir) y, además, el hecho de que una obra sea un verdadero latifundio de papel en modo alguno nos garantiza su calidad. Asi, los novelones del «nicho» fantasía suelen ser larguísimos y pésimos, por más que algunos de ellos (sobre todo los vampíricos) embarguen los corazones de miles y miles de jovencitas que, al parecer, preferirían estar muertas para amar a algún Drácula wuapetón a tener que aguantarse con la vida y al material humano que ésta les ofrece para lo de  aparearse y tener hijos y etcétera. Supongo que estas proclividades se desmigan con el tiempo, y espero que estas chicas acaben alcanzando la santa normalidad y puedan entusiasmarse con algún otro chupete pringoso para multitudes, como la tele basura o el cine basura o las revistas basura o las otras formas de novela basura o los juegos basura o los amores basura (que son casi todos, aunque las leyendas  urbanas proclamen atamboradamente lo contrario, acogiéndose a la coartada de que también existe el amor espléndido y categórico, como si éste se hallara al alcance de cualquier mentecato o mentecata).

A lo que iba: esta noche de insomnio, otra más del antipático verano que estamos viviendo en  esta casa, me acordé de Anthony Powell (pronúnciase «pol», más o menos, y no «páuel», por cierto: caprichos de la onomástica inglesa) y su A Dance to the Music of Time, uno de las grandes sinfonías literarias del siglo XX. Lo primero que hice al levantarme fue mirar el ISBN, para ver si teníamos versión española. Sí, en Anagrama, que agrupa los doce títulos del original en cuatro volúmenes, los consabidos Primavera, Verano, Otoño e Invierno. (Observo, con el también consabido disgusto, que en la mención que la Wikipedia española hace de esta versión de Anagrama no se nombra para nada al traductor.) (Es Javier Calzada.)

A lo que iba, bis: estuve semanas leyendo el maxilibro de Powell (edición Picador), con gusto y provecho, y no sabría explicar por qué se me olvidó seguir leyéndolo cuando ya andaba por la octava o novena novela. Algo desactivaría mi voluntad lectora, o algún otro estímulo se impondría. Me pasó igual con Proust (confesión que les hago), con Pérez Galdós (sálvense las castizas distancias, claro), con The Avignon Quintet de Durell, con los rifirrafes conyugales de Miller en The Rosy Cruxifiction, con vaya usted a saber qué otras cordilleras que ahora no me suben a la memoria. Hay un tope en mi cabeza, seguramente, una resistencia automática e insuperable al (cuéntase) gozoso placer de la repetición. (Consistente, por ejemplo, en disfrutar como un esclavo liberto cada vez que James Bond dice aquello de «My name’s Bond, James Bond».)

Estos abandonos hacen que me sienta culpable —supongo, más o menos—, pero tampoco son mi motivo principal de insomnio. Ojalá lo fueran. Cuando un autor se embarca en proyectos tan sostenidos y, al mismo tiempo, inevitablemente, tan monocordes, siempre corre el riesgo de perder algún lector en algún meandro. Y yo soy, desde hace un par de decenios —como mínimo—, un lector bastante perdedizo, aunque como escritor me haya empeñado también en el monumento. Será que hay que escribir cortito y variadito.

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  1. Ramón M. q
    2010/09/24 en 15:20

    Pues sintiéndole mucho lo del insomnio, Don Ramón, alégrome muito por esta nueva y larga y enjundiosa reflexión gimnástica de madrugada (larga para lo que suele escanciarnos con la racanería sabia del casi jarto de to 🙂

    Y me uno en uno con usted en lo de quedarse el lector en los meandros de algunos inspirados creadores de ríos… Ahora bien, y pues usted mismo lanza la semejanza, ¿Siente la misma pena un escritor que pierde un lector -suponiendo que pudiera saberlo, claro- que la que pueda sentir un lector que ha perdido a su autor -y esto sí que puede saberse- retirado de su obra por respetabilísimas razones, incluso si no fueran respetables?

    Yo es que soy muy sensible, oh, señor, y aun no le llevo muy bien que me dejara huérfano en el Boulevar Anteo 🙂 🙂 :). Ahora, eso sí, mil gracias por los hermanazos y hermanazas que me dejó de consuelo, padre. Por eso y porque soy muy güeno (dicho sea acientíficamente) es por lo que no le rapto como Kathy Bates a James Caan en Misery, la peli de 1990, con la intención macabra de que su adorado autor acabara la saga.

    PD.- La pena que puedan sentir, por su parte, los personajes por el abandono de su creador eso ya que se lo pregunten a Pirandello o a León Aulaga.

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