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Ramón Ayerra

2010/08/21

Ramón Ayerra cumplió los cincuenta el 1 de enero de 1983, durante la cena de fin de año en casa. Dos meses después, el 24 de febrero, hicimos juntos un viaje a Pamplona —ida y vuelta en tren—, para participar en el jurado del Premio Diputación de Navarra… Nos vimos por última vez (última ya, sin duda) a principios de los noventa, haciendo cola en el Palacio Real para saludar a sus majestades borbónicas, en una de esas recepciones al corpus literario que no sé si seguirán celebrándose. Iba con una chica griega. 100_3131 (Medium)Antes, en las largas y qué hermosas noches de BocaccioColegio, Ramón nos encargó muchas veces, a Angelika y a mí, que, tras su muerte e incineración, esparciéramos sus cenizas en el cabo Sines de PortugalColegioColegio. Y sí, se lo prometimos solemnemente, con luctuoso entusiasmo: era sin duda alguna lo único que podía hacerse con sus cenizas.

No hemos cumplido. Hace unos días apareció por casa un fajo de viejos negativos. En ellos encontré una foto de Ramón Ayerra tomada, con toda certeza, el 13 de enero de dd 054 (Medium)1983, durante la presentación en la Librería Hiperión de un libro de Santiago Santerbás. La convertí a JPG y se la envié a mi cuñada Elena, que ha estudiado su obra y que sigue siendo gran forofa de su escritura y que siempre le tuvo mucho cariño. Elena, en su respuesta, me preguntó si sabía algo de él. No, no sabía nada de él, pero pasé su nombre a Google. Una nota de EFE me comunicó la noticia: Ramón Ayerra había muerto el pasado primero de julio, en Madrid.
   No es infrecuente que los afectos se desarrollen de un modo cruel. ¿Cómo vamos a pensar, mientras compartimos vida y placeres y disgustos e intensidades con una persona, cómo vamos a pensar «llegará un día en que te veré por última vez, y luego no sabré de ti durante años, y al final te morirás sin que yo me entere en su momento»? Sin que yo me entere y, además, sin excusa posible, porque lo cierto es que el distanciamiento entre Ramón y nosotros ocurrió sin que nadie lo quisiera ni planeara, como pasa la vida: ya lo llamaremos, ya nos llamará, un día y otro día y otro día. El afecto sigue ahí, pero el contacto se ha hecho inviable, por fas o por nefas; más bien por nefas, casi siempre, claro.

Ramón Ayerra fue un gran escritor y tuvo sus rachas de fama. Fue un placer, en nuestros años de alborozo por el final del franquismo, la lectura de sus primeras obras: La España Imperial, Las amables Veladas con Cecilia, Los ratones colorados… Humor tan tierno como adusto, lenguaje riquísimo —estupenda combinación del castellano clásico con el callejero más actual—, ingenio a raudales, prosa firme y arriesgada y creativa, historias pintorescas y originales (aquellos ancianos terroristas de Segovia)… No creo que nadie pueda explicar por qué se fue desdibujando su perfil literario. Quizá escribiera demasiadoColegioColegioColegio y quizá los editores no consideraran suficientes sus ventas. A partir de La lucha inútil  (DEBATE, 1984), sus libros solo aparecen en editoriales de escasa difusión (si alguna). También debió de ayudar su deficiente práctica de las relaciones públicas. Yo qué sé. Lo cierto, lo que me consta, es que tuve la desgracia de verme obligado a participar en el rechazo de una de sus novelas por parte de Alfaguara. Fue en la segunda mitad de los noventa. Su agente nos envió un libro, tan publicable como cualquier otro de los que publicábamos, o más, pero no hubo modo de vender el nombre de Ramón Ayerra en los comités: «escritor terminado, no se puede invertir en él», fue la sentencia. Lo llamé por teléfono y no recuerdo qué excusa le puse, qué explicación le di. Una tristeza que se me ha quedado dentro, una prueba que añadir a la sobrada demostración de que los escritores no deben trabajar para ninguna editorial, nunca.

   Nos conocimos, creo, en 1979, cuando Hiperión —que acababa de sacar mi Cantata Soleá—, lanzó sus Ratones colorados. Estuvo tantas veces en nuestra casa de Pozuelo: con Íñigo y Elena, con Maite y Jesús, en cumpleaños de nuestros hijos; bebimos tantas noches en Bocaccio, pasamos tantas horas de charla y de bromas…

Y ahora vas y te mueres sin decírnoslo, cabrón.

ColegioHay españoles muy portugueses, y Ramón era uno de ellos: por su seriedad, por sus maneras corteses, por su parsimonia.
ColegioColegioSí, sí: el nombre del celebérrimo local se escribía Bocaccio, no Boccaccio, como el aún más celebérrimo escritor.
ColegioColegioColegio Seguramente sí: escribía muchísimo. Según nos contó alguna vez, todos los días, en lugar de comer, aprovechaba la pausa de dos horas para irse del Ministerio de Trabajo a casa (vivía, como Ángel González, en los apartamentos San Juan de la Cruz),  y escribir escribir escribir. Dos horas diarias dan para cientos de folios al año, sin duda.

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  1. 2010/08/22 en 11:40

    Rigurosamente cierto, lúcido, y cruel. Nunca sabes cuando la vida te arrebata una amistad, incluso sin darte cuenta… Creo que voy a dedicarme a poner unos correos para recuperar el contacto…

  2. FUNCI
    2010/08/21 en 21:21

    Por encima de todo, la lealtad, algo que hoy no se lleva. Leeremos a Ramón Ayerra. Muchas gracias, como siempre, Ramón.

  1. 2010/08/21 en 09:33
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