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Ovidio y un Peugeot 308

2010/07/29

Anteayer leí la carta de Penélope a Ulises que Ovidio inventa para sus Heroidas:
Haec tua Penelope lento tibi mittit, Ulixe
     nil mihi rescribas attinet: ipse veni!
(Esta carta, lento Ulises,  te envía tu Penélope;
pero no la contestes: ¡ven tú mismo!)

No conocía las Heroidas y me alegro: ahora, con la vejez, tengo mejor sosiego para leer a los poetas grandísimos, romanos muchos de ellos (es como si la poesía hubiera alcanzado su máximo en torno al año 0 de nuestro calendario y nunca más hubiese vuelto a tomar tanta altura, ni siquiera en el esplendorosos siglos dorados del español, el francés y el inglés). Qué bellísimos textos, qué delicia, de nuevo, meterme en los latines exquisitos de este hombre, siempre ayudado por traducciones ajenas, claro. (No he encontrado en internet ninguna traducción al español, pero en Alianza tienen ustedes el libro, en versión de Cristóbal Vicente.) Son cartas de amor de mujeres aún enamoradas a los hombres que las han abandonado, con tres añadidas que escriben los «malos» de la historia: Paris, Leandro, Acontio. Llevo leídas: De Penélope a Ulises, de Briseida a Aquiles, de Hipsipila a Jasón, de Dido a Eneas (por ahí entré en el libro, trabajando sobre la fascinación que Dido viene ejerciendo en mí últimamente), de Ariadna a Teseo, de Medea a Jasón; me meto ahora con la carta de Paris a Helena.

Bueno, pues anoché soñé que salía de casa, cojeando, cómo no, y que me encontraba a Ovidio parado junto al coche, mirándolo con curiosidad y recelo. Hacía el calor enorme que está haciendo estos días, pero él, con su toga, parecía mucho mejor preparado que yo, con mis calzones cortos y mi camisa ligerita, para superarlo. Supe inmediatamente que era él, comprendí, también inmediatamente, como solo en los sueños se comprenden las cosas, que se había extraviado en el tiempo, huyendo quizá de su ignominioso exilio a Tomis, en la entonces salvaje tierra que ahora se llama RumaníaSeñalando. Al principio pensé, en el sueño, que era una ocasión maravillosa de presentarle a ese hombre mi admiración y mi respeto, y, sobre todo, de hacerle saber lo que sin duda ignoraba, es decir que dos mil años más tarde seguía figurando entre los poetas más grandes de la Historia, que aún nos sabíamos su nombre de memoria, que muchos lo queríamos como maestro indiscutible; pero, ay, el sueño se trocó en pesadilla, de inmediato, porque ¿cómo iba a apañármelas para decirle nada? En latín. Tiré de latín. Las frases se me deslizaban al italiano, irremediablemente, pero hice un esfuerzo grandísimo. Repasaba las declinaciones, las conjugaciones, trataba de rellenar lagunas con perífrasis imposibles. Ovidio me miraba sin sonreír. Al cabo de unos minutos, me preguntó qué era aquello, apoyando una mano en el coche. Pensé que entendería automóvil, y se lo dije, marcando mucho las sílabas. Añadí, en plan turista de la Roma imperial: «nihil equus». Se rió.
     Se rió tanto, de mí, que me desperté. Los sueños nunca dan de sí lo que deberían, ni acaban nunca de generar los placeres que prometen; pero éste fue un mal rato delicioso.

Señalando Sobre el destierro de Ovidio en Tomis hay un libro absolutamente bello del novelista australiano David Malouf: An Imaginary Life (1978). Resulta difícil creerlo, pero existe traducción española: Una vida imaginaria, publicada por El Aleph editores en 2000 (versión de Jordi Fibla, recomendación mía al editor). No creo que hayan vendido mucho más de quinientos ejemplares, los pobres; pero quién dijo que las ventas… Bah, bah: otro tema.

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  1. Ovidio
    2010/08/02 en 14:38

    Nihil equus, nihil equus… ¡Jajajajaja!
    XD

  2. Rq
    2010/08/02 en 10:55

    Hale. Para que te quede un comentario en este post, que me ha gustado 🙂

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