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Entusiasmos

2010/07/18

Hay personas que te caen bien y personas que te caen mal. Verdad verdadera a tope. Los entusiasmos de las personas que nos caen mal nos caen mal, nos son repugnantes y nos ponen de muy mal humor. Los entusiasmos de las personas que nos caen bien nos caen bien, nos son deliciosos y nos ponen de buen humor. Tan sencillo como esto, vuecencias. Objetividad pura.

Últimamente, en sendos blogs, ha asistido con gozo a dos manifestaciones de entusiasmo individual (el tumultuario es siempre falso) aplicado a lo artístico. Primera en el tiempo, la serie de artículos sobre Thomas Pynchon (Expediente Pynchon) que ha incluido Juan Francisco Ferré en su LA VUELTA AL MUNDO. Conste que soy propagandista de Pynchon desde hace muchísimos años; conste que he leído todos sus libros; conste que casi todos ellos me parecieron obras maestras; conste que el tipo me cae bien y que no me importaría nada, pero nada nada, tomarme unas copas con él. /Pero/ Ni cuesta abajo en pendiente de 20% lograría alcanzar la velocidad de entusiasmo de Juan Francisco cuando habla de Pynchon, ni en mis más sesudas reflexiones alcanzaría a meditar con tantísima hondura y fineza sobre su obra. Es curioso, este último detalle personal, que viene a ser una especie de confesión senil: no soy nada académico, se me inclina poco la voluntad al análisis de la obra ajena (de la propia, para qué contarles), a la explicación justificativa de mis caprichos estéticos y culturales. Contagio bien el entusiasmo (lo sé por mis clases de Dios sabe qué en la universidad), pero no me pidan que lo explique demasiado, porque inmediatamente recurriré a los trucos más elementales y eficaces de la comunicación poética. Lo cual no es óbice / obstáculo / ni / impedimento para que me resulten muy agradables los esfuerzos de asimilación bien explicados. Yo me trago a Pynchon y lo digiero luego como me mandan las ganas, sin dar explicaciones a nadie, llegando, como mucho, a incurrir en algún intento de contagiar el entusiasmo a terceros (vid. supra); Juan Francisco lo mastica bien masticadito (hasta los signos de puntuación deben de resultarle alimenticios, en un alarde de piyayismoSeñalando literario) y luego lo sabe explicar con minucia y claridad, tomando placer en ello. Cuando el escritor disfruta escribiendo, el lector lo nota siempre; el buen lector, al menos SeñalandoSeñalando.

No hay mejor lector que el escritor, seguramente, cuando es buen lector SeñalandoSeñalandoSeñalando, y por eso los más grandes escritores suelen hallar sus óptimos adalides entre los compañeros de profesión. Pynchon es, sobre todo, creo yo, un escritor de escritores, un escritor del que ni siquiera han oído hablar los lectores de baja gradación literaria (nueve de cada diez, pongamos). En Estados Unidos, país de grandes minorías, esta condición de escritor para escritores no implica el raquitismo comercial: gente como DeLillo, Barth, Burroughs (brinco épocas, claro: al tuntún de la memoria; recuérdese mi escasa propensión a la Academia), Roth y Roth, Vonnegut (mi preferido personal, que quizá no tenga nada que ver con los anteriores, pero apelo a de gustibus), Gaddis, Corman McCarthy o, ahora, Wallace y Vollman, junto a varios más que ahora mismo soy incapaz de recordar, logran vivir de su trabajo y disfrutan —si ello es un disfrute— de cierta popularidad SeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalando.  Y todos comparten una característica: el verdadero placer estriba en leerlos, no en las historias que nos cuentan. Es el arte, vuecencias: el arte. Da gusto que alguien se entusiasme tanto, todavía, por el arte.


El otro entusiasmo está en el Diario de Lecturas de Vicente Luis Mora. Esta vez, la alharaca se dispara por una película que no he visto pero cuya mención laudatoria estoy encontrándome ya por todas partes: Inception, de Christopher NolanSeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalando. Mora, aquí, reacciona sin método ni análisis: su alegría artística no contiene elementos reflexivos, su escritura lleva a pensar en esos intentos que los escritores hacemos de describir los caminos del orgasmo, sin lograrlo casi nunca, entre otras razones, porque el placer no es empírico, no puede repetirse en laboratorio, ni ajustarse a fórmulas de comprensión generalSeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalando. Bien. A mí siempre me ha gustado, en los críticos, la subjetividad. Creo (equivocándome, por supuesto; pero es que a mi edad uno aprecia en mucho los errores, porque sirven para demostrar que se está vivo; salvo error u omisión, claro) que la obligación del crítico consiste en darse a conocer a quienes leen sus reseñas, a sus usuarios o clientes, para que éstos valoren su juicio a partir de su personalidad. Es tarea sutil, esta valoración, pero acaba lográndose. Al cabo de los años, puedo afirmar, sin error esta vez, que alguno de los más famosos críticos españoles me fue utilísimo, porque nada de lo que él consideraba genial, o poco menos, dejaba de parecerme una estupidez, o poco menos.

En fin: les recomiendo, vuecencias, que lean la ahervorada reacción de Vicente Luis Mora ante esta película: aprenderán que los mayores placeres artísticos, como los sexuales, se gozan cuando uno ha suprimido los recelos, cuando la obra de arte o la obra de sexo nos han vencido por completo y renunciamos a cualquier defensa. Allá va. (Claro está que para reaccionar así hay que ser escritor, más que crítico, pero esa es otra.)

SeñalandoEl Piayayo, de José Carlos de Luna: véase. Me refiero a la parte en que el Piyayo les explica a sus nietos muertecitos de hambre que las espinas se comen también, que «to es alimento». Malditas manchas negras de la memoria: no recuerdo del nombre del entonces celebérrimo rapsoda andaluz a quien oí recitar «El Piyayo» en la sala de actos del Tábor de Regulares n.º 4, en Alcazarquivir; el sábado siguiente actuó Antonio Machín. Pulgar hacia arriba
SeñalandoSeñalando Es algo que, para colmo, se percibe en muy pocos párrafos: compré Gravity’s Rainbow, no sé si en el 75 o el 76, en una librería de Nueva York, porque le eché un vistazo rápido y me sedujo la escritura. Esa misma semana fui en busca de V. y The Crying of Lot 69.
SeñalandoSeñalandoSeñalando Los hay pésimos. Conozco a más de uno o una que lo ha leído todo, como quien dice, y no ha aprendido nada. Casos de egotismo extremo.
SeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalando No tanta, claro, como, entre muchísimos otros, doña Harper Lee, la autora de un libro malo —Matar a un ruiseñor— que lleva ya dos o tres generaciones engañando a los críticos y profesores norteamericanos, que lo transmiten de promoción en promoción de estudiantes de literatura, como un meme dañino, y que es el vendemás supremo de la literatura americana…
SeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalando Hay incluso una discusión montada en alguna parte sobre la eventualidad de que una película así rebase la capacidad de asimilación del público en general (o sea: de los menos avispados); pero el caso es que está teniendo éxito, si no interpreto mal los datos… De Christopher Nolan solo he visto Memento, cuyo DVD me encontré un día por casa, comprado por mi hijo Ramón, y valoré en lo que al parecer era: una película generacional que marcaba época, un producto de alto valor artístico.
SeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalandoSeñalando Por ahora: igual inventan algo que nos permita incluso automatizar el asunto.

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  1. Liu
    2010/07/19 en 19:55

    ¿Entusiasmo o histeria? This is the question.
    Que un crítico se quede sin palabras… jugando a ser auténtico en los predios del señor.

  2. Anuska
    2010/07/18 en 17:49

    Me inspiras, Ramón… más vale que se me pasa pronto. Un abrazo!

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