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1950

2010/07/14

Viví el campeonato mundial de fútbol de 1950, a los diez años recién cumplidos, de un modo muy difícil de concebir hoy. Estábamos en Alcazarquivir, zona española de Marruecos, en una casita del barrio Escriña, con jardín y patio trasero, pequeño todo, con higuera y heliotropos y parra y adormideras y nardos y jazmines y rosales y romero y un estanquito redondo y una caseta donde se guardaban, sobre todo, los sacos de garbanzos procedentes de la huerta. Teníamos desde tiempos del Had de la Garbía —donde carecíamos de electricidad— una radio todavía de lámparas, pero muy moderna, tangerina, de la tienda de Lozano, una Philips gris, de pilas, que reproducía fatal la música, supongo, más o menos como los horrísonos MP3 de ahora, pero que nos mantenía en alguna conexión con el mundo. Nunca habíamos visto un partido de fútbol, ninguno de nosotros, ni mi padre, ni mi madre, ni (menos, claro) mis hermanos, pero de algún modo, el 2 de julio, supimos que la selección española jugaba contra la inglesa y pusimos la radio y salió la voz seductora de Matías Prats y nos tuvo encandilados, a mi madre y a mí (que, repito, no habíamos visto jamás un partido de fútbol y que difícilmente podíamos imaginar el juego, a pesar de las precisas indicaciones que nos daba el locutor : « en la posición teórica del medio volante derecho »), hasta el minuto 48 [ni que decir tiene que este dato concreto está tomado de Google: mi memoria no da para tanto] [sí para la descripción que viene ahora, sin embargo], cuando Puchades pasó a Alonso y Alonso a Gaínza, que se internó por la izquierda y centró y Zarra se adelantó al portero inglés, que se llamaba Williams y tenía pinta de teniente coronel, como mínimo, y fue gol de rodillazo. Recuerdo, como si los estuviera oyendo, los gritos de alegría de mi madre, recuerdo como si la estuviera viendo la expresión de alegría de su rostro, y las carótidas dilatadas de su cuello: ¡¡¡goooool!!!

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No creo que siguiéramos ninguno de los restantes partidos, pero en un momento dado llegaron las revistas que mi abuelo solía enviarnos desde Tánger (siempre de semanas anteriores) y una de ellas era una edición especial, de más de cien páginas, con muchísimas fotos y un prolijo resumen del campeonato.  Ahí me hice erudito, me aprendí de memoria los encuentros de clasificación de todos los equipos (sobre todo la Aljubarrota al revés de nuestros choques con Portugal), el desarrollo de la competición, las alineaciones, quiénes marcaban los goles; ahí supe que España había pasado a la segunda fase —fíjense vuecencias qué raro: una liguilla con los ganadores de los cuatro grupos previos—, que había empatado con Uruguay, que había perdido 6-1 con Brasil, que también había perdido con Suecia y que habíamos quedado cuartos; y que Brasil, en un estadio enorme llamado Maracaná, el mayor del mundo, había sufrido la humillación multitudinaria de perder en su casa con Uruguay… Todo ello dio lugar, en los meses y hasta años siguientes, a dos especializaciones mías : primera, la retransmisión radiofónica de partidos de fútbol que iba inventándome según hablaba, en respetuosa imitación del susodicho Matías Prats (práctica que abandoné en cuanto pude, porque los mayores me obligaban a montar el numerito cada vez que me pillaban por banda, y era una pesadez; pero que tenía un aficionado muy apreciable en mi primo Alberto) y, segunda, la invención y perfeccionamiento de un sistema para jugar al fútbol con un botón por pelota, las fotos de los jugadores pegadas en cartones ad hoc doblados por abajo para darles peana (en ele, pues) y unas reglas de desplazamiento, pases y tiros a puerta que me inventé sin mucho esfuerzo (aunque aún tardaría por lo menos un par de años en asistir a mi primer partido de fútbol auténtico, en el campo del Monopolio, entre el Club Deportivo Alcázar y un equipo de Larache; luego, a partir de 1953, vería todos los encuentros que la Unión Deportiva España de Tánger jugara en el Marchán). Este fútbol —que dejó sin existencias de cartón los almacenes de mi abuelo Alberto y que me trajo algún que otro disgusto grave y doloroso, como cuando vendí un montón de los tebeos —DDT, Pulgarcito, TBO, Dumbo— que mi madre almacenaba en casa, para poder comprarme cromos de futbolistas y completar los equipos, y mi madre me pegó una tremenda paliza, con la zapatilla, cuando descubrió el desfalco— fue, con la lectura y las representaciones teatrales (1) y las carreras ciclistas a golpe de dado, por las baldosas del cuarto de estar, mi principal entretenimiento durante años. Baste con decirles, vuecencias, que muchas veces los chicos del barrio venían a ver mis partidos y que ninguno dio muestras de sospechar de mí, a pesar de ser yo quien conducía a ambos equipos (también leía todos los papeles en el teatrillo, y nadie se quejaba). Mi favorito de aquel entonces era el Valencia, por Puchades y porque todos los demás niños eran del Atlético de Bilbao, emblema de la raza española por aquel entonces. No hará falta decir que aún me sé de memoria todas las alineaciones.

Pero a lo que íbamos: mi seguimiento de la copa del mundo de fútbol de 1950 fue por una revista monográfica dos o tres semanas posterior a los hechos, algo totalmente impensable ahora, pero quizá no mucho menos emocionante que el sistema actual. Nadie echa de menos lo que no imagina, claro.

1950espNo recuerdo nada de ninguna otra copa del mundo, ni creía sentir la menor frustración ante las malas clasificaciones de España a partir de 1950 y hasta anteayer, como quien dice; pero el caso es que me ha gustado el triunfo y que, curiosamente, ahora me siento un poco vengado por aquella paliza de Brasil y por la tonta derrota, por falta de fondo físico —sería quizá el hambre de la posguerra— ante una selección sueca que nuestra prensa consideraba inferior. Estos chavales de ahora —tan de diseño, tan bien alimentados— han tenido la cortesía de darle una sabrosa satisfacción a un niño de diez años que se llevó un tremendo disgusto en las últimas páginas de una revista, cuando supo que once españoles pobremente uniformados y con pinta de recién salidos de algún sanatorio no habían logrado pasar del cuarto puesto… Ha estado bien, la verdad, vuecencias.

(1) Tenía un teatrillo precioso, de cartón piedra, con decorados de papel transparente que se iluminaban desde detrás, cuyos personajes de cartulina iban insertados en una guías largas —más de un palmo— que permitían desplazarlos por el escenario; la obra que más me gustaba representar era El mercader de Venecia, pero todas me parecían magníficas… Mi madre murió sin que a ninguno de los tres hijos se nos ocurriera preguntarle dónde había guardado el teatrillo; y luego, cuando murió mi padre, no fuimos capaces de localizarlo. Alguien se lo llevó. Había pertenecido a mi abuela Laura y seguramente databa de los años veinte.

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  1. luin
    2010/07/15 en 10:30

    >”una Philips gris, de pilas, que reproducía fatal la música, supongo, más o menos > como los horrísonos MP3 de ahora,”

    El avance de los digital es inexorable…. Sin embargo, a pesar de que se eche de menos el chisporroteo del vinilo, o los tonos de la diapositiva, tampoco es tan malo 🙂

    Saludos

    • 2010/07/15 en 12:11

      Sí es malo, créeme. Tuve la suerte, en los años setenta, de ser un fanático de la alta fidelidad y de poder pagármela. En aquel momento, la búsqueda del sonido óptimo ocupaba la atención de todos los fabricantes, tanto de equipos de reproducción como de discos; y anduvimos muy cerca de la perfección (tendrías que oír lo que sigue dando mi Nakamichi de más de treinta años)… El mp3 comprime el sonido, altera la distribución natural de frecuencias, utiliza una relación dinámica artificial, etc. Lo que pasa es que ya nos hemos acostumbrado a estas corruptelas acústicas, y cualquier tachín tachán nos parece estupendo… A la larga, el problema se resolverá, la propia banda ancha eliminará la necesidad de compresión, los aparatos encargados de reproducir el sonido ganarán en calidad, y volveremos a estar en el mejor de los mundos (volveremos a las viejas peleas con los ingenieros y sus caprichos de grabación, que en los años setenta eran un tema sangrante, ahora olvidado)… Saludos.

      • Mac
        2010/07/16 en 10:32

        La otra pata que falla es que las grabaciones que realizan las discográficas cada vez son más pobres, con grabar más alto para que en las radios se oiga más, ya les vale. La calidad de cualquier CD es inferior a los vinilos de los 70 que comentas.

  2. Liu
    2010/07/15 en 09:40

    Con recuerdos así, vale la pena tener memoria! 😉

    • 2010/07/15 en 12:13

      Bueno, nunca me lo he planteado en estos términos, pero sí que tengo buenos recuerdos de casi todas las épocas de mi vida; más que malos. No sería justo que me quejara.

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