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Amores

2010/07/01

La vejez asienta amores \ Algunos \ No sin procurarnos sorpresas inefables. En estos días, con el campeonato del mundo de la pelotita volandera, capto con nitidez —como en HD— mis cariños nacionales más auténticos. Siempre iré con los países americanos de habla española, si no juegan contra España o Portugal y si no se trata de Venezuela (sitio que desde muy pequeño vengo detestando, ignoro por qué, quizá porque me repatea el acento, o algo parecidamente racional). Nunca iré con Brasil. Nunca sabré si Argentina o México, por hondos motivos infantiles. No identifico Francia con el fútbol, pero sé que la amo, sé que no hay país del mundo al que yo deba más (salvo Alemania, por causas muy diferentes).

Mientras escribo esto me suena en los auriculares una recopilación titulada From Lisbon to Istanbul, que abre con Dulce Pontes, Misía y Cristina Branco. Con el portugués me ocurre igual que con el catalán: lo he estudiado algo y lo entiendo bien, tanto hablado como escrito, pero no me atrevo a hablarlo. Una vez intenté decirle algo en catalán a una catalana, y la buena mujer, quizá sin mala intención, pero arrasadora en su juicio, me quitó las ganas para siempre: me dijo que tenía acento portugués. No sé si en portugués me ocurriría lo contrario, porque nunca he intentado falarlo. Cuando ejecutivo jerifalte de multinacional americana, Portugal estaba en mi zona de mando y lo viajaba mucho. Hice con mis colegas lusos lo mismo que con los italianos: llegar al acuerdo de que cada cual hablase en su idioma; nos entendíamos perfectamente y nadie perdía capacidad de expresión. (He intentado lo mismo, a veces, con catalanes, pero resulta totalmente imposible: no admiten que un castellanohablante pueda entenderlos, o tienen muy arraigado el mecanismo de traducción automática. Creo más bien lo segundo.) (Una vez, en Ibiza, le recité a Antonio Matutes, el hermano pequeño de Abel, un poema entero en catalán, para su asombro: «El pi de Formentor», de Miquel Costa i Llobera.) (Me lo aprendí en mis tiempos de patriotismo mediterráneo, cuando aún no me había dado cuenta de que Tánger es atlántico y finisterre, en realidad.)

A lo que iba: amo a Portugal y cuántos males nos habríamos evitado en nuestra dogmática historia si Juana la Beltraneja se hubiera impuesto a Isabel la Católica en aquella guerra civil del siglo XV; pero no pudo ser: los nobles castellanos siempre han sido gentuza sin más inclinación que su propio beneficio: ni siquiera han empezado aún a devolver todo lo que robaron; miren la duquesa de Alba.

(Qué bonita es esta recopilación: «Si è spento il sole», ahora.)

Cuando el Real Madrid (alguna vez explicaré la causa de mi devoción por el Real Madrid, tan incongruente con mi persona general) fichó a Cristiano Ronaldo, la verdad es que me llevé un disgusto. Luego le fui cogiendo cariño al chico: trabajador, entregado, modesto en realidad, más hortera que Guti, bueno y majareta, siempre exageradísimo o excesivo. Contra España, el otro día, no movió un dedo, el hombre. Y lo comprendo: a mí tampoco me gustaría nada tener que enfrentarme a Portugal… Uno ha conocido otras situaciones, en esta coyuntura futbolística. Recuerdo perfectamente el campeonato del mundo de 1950 (el del famosísimo gol de Zarra a la pérfida Albión), cuando en la fase previa nos tocó eliminarnos a doble partido con Portugal. Fue un festival de odio. Los españoles salieron del estadio de Jamor (no se me olvida el nombre) con toda clase de heridas poco menos que mortales. Recuerdo la foto de un revista deportiva española en que nos mostraban un muslo de Panizo con las huellas de toda una bota portuguesa, taco por taco. Terrible… Ahora, en cambio, ni una mala patadita, la verdad. Fue hermoso.

En fin: los amores –> nunca convino a nadie explicarlos en exceso.

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  1. 2010/07/01 en 14:42

    A mí me gustaba el Real Madrid de Zidane, Figo, Valdano, Beckham… más guapos y revienta el equipo.

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