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Unos libros (2)

2010/05/16

Edna O’Brien, Byron in Love (Weidenfeld & Nicolson, Gran Bretaña, 2009).

Miro la entrada de Edna O’Brien en la Wikipedia, por repasar un poco antes de ponerme con su biografía de Byron, y me sorprende una cosa: leí sus cuatro primeros libros a principios de los sesenta (a principios de mi veintena, por tanto), pero luego me olvidé por completo de ella, hasta que volví a encontrármela en un ensayo de Philip Roth (1) que hube de traducir. Me hizo gracia el modo irracional en que O’Brien, desde su catolicismo borrado, le planta cara al judaísmo, no tan borrado, más conflictivo, de Philip Roth. Me recordó el viejo chiste del ateo español: «Oiga, yo no creo en Dios, pero religiones verdaderas, si las hubiese, solo podría haber una, es decir la católica». Y me hizo gracia porque a mí también me molestó, mientras traducía el otro libro de Roth a que se refiere O’Brien (2), el desprecio que se le transparenta a Roth en su relato de una ceremonia católica. Son comportamientos infantiles, tanto en Roth —por chinchar— como en O’Brien como en este humilde servidor de vuecencias —por dejarnos chinchar—; pero existen.

Bueno, pues no me ha gustado el Byron in Love de mi querida Edna O’Brien. Me interesaba ver cómo percibía una mujer inteligente e impiedosa, sin ninguna inclinación a ejercer la caridad con el macho, esta figura casi incomprensible que reventó las Letras del siglo XIX. Y me he quedado sin averiguarlo, porque O’Brien se pasa el libro entero disimulando: está fascinada por Byron, evidentemente, pero no lo admite en ningún momento y, por ende, tampoco se considera obligada a explicar la capacidad de seducción del poeta (3). Corren ante nosotros, una tras otra, las algaras amorosas de Byron, vemos que ninguna mujer, ningún jovencito se le resiste, vemos que el individuo carece completamente de sentimientos (aunque se enamora como un burro en celo, a veces, como ocurre a todos los que carecen de sentimientos —de células espejo—, al parecer), vemos que el individuo es un enloquecido de la soberbia y vemos su irrefrenable éxito literario, que lo convierte en el paradigma del poeta no solo en Gran Bretaña, sino en toda la Europa lectora, con París a la cabeza. O’Brien no nos despierta la menor simpatía por Byron; al contrario: el lector se pone a favor de las amantes despechadas, de los amigos manipulados (a favor, desde luego, de John y de Mary Shelley). Está uno deseando que llegue el último capítulo, para que la biógrafa nos explique también cómo fue posible que semejante hijo de puta —sin el menor sentido de la realidad en lo práctico, además, ni la menor eficacia en su ayuda a los independentistas griegos— se convirtiera en una hermosa leyenda europea de libertad y creación. Nos quedamos sin conocer la explicación de O’Brien, quizá porque no la tenga o porque no lo interese, porque el único propósito de su libro sobre Byron fuera pintar un monstruo. Pero ese retrato ya lo había hecho antes una de sus novias más famosas, Lady Caroline Lamb, brevilocua como ella sola: «mad, bad and dangerous to know».

(1) Philip Roth, Hablando del oficio (Shop Talk). Barcelona, Seix-Barral, 2002.

(2) Philip Roth, La contravida (The Counterlife). Barcelona, Seix Barral, 2006.

(3) Ni siquiera cabe afirmar que Byron in Love esté muy bien escrito; tiene momentos, claro, cómo no, con semejante escritora, pero son demasiados los párrafos confusos (de los que obligan al lector a volver atrás en la lectura), y es muy mala la gestión de los datos, el sistema que debe aplicar el autor de un trabajo narrativo para que el lector recuerde los personajes y sepa situarlos mientras dura la narración.

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  1. 2010/05/17 en 09:29

    Pues sí, Ramón, en efecto (gracias por el dato complementario): hay desde junio de 2009 un Byron enamorado traducido por Amado Diéguez Rodríguez para Espasa-Calpe… Técnicamente, aún me queda más de un mes para el inicio del setentonado, pero yo siempre he medido mis años a la japonesa, de manera que los que cumpla el 25 de junio serán los setenta y uno.

  2. Ramón
    2010/05/17 en 07:00

    Nada, solo apuntar que hay traducción española… Yo no logré acabarla… A mí ese hijodeputa cojuelo me cayó siempre de reputísima madre, por seguir con el viejo oficio de algunas que paren… Y si de ajustarle cuentas se tratase… prefiero mil veces, antes que una biografía tan sosa como esta, (que ñoñas que son algunas mujeres escribiendo sobre hombres, carajo), prefiero volver a sus Diarios, donde él mismo se lacera ya convenientemente como suelen hacerlo los charlatanes dotados de genio…

    La compañía de Byron (salvada la adulteradora distancia) me sirve de estímulo para cuando se me arreviene aquella verdad templaria que escribiera el argentino Girondo: aquello de que con las mujeres ocurre a veces lo mismo que con la poesía… que la única actitud respetuosa consiste en levantarles la pollera… (y, a la inversa, la conejera, claro que sí, cuando los machos nos ponemos mochos… yo no arrimo ascuas a ninguna personal sardina)

    Pero en lo que toca y sinceramente quede aquí en alza, como para arbolar velamen transoceánico, mi mástil central con el único objetivo de alejarme de la isla estúpida que crea la señora O’Brien en torno al huracán B.Y.R.O.N

    Morcilla de la gorda para la tal, dicho sea en burrismo extremo.

    Saludos a tutti y especialmente a mi muy querido setentón, tan lúcido y vivo como “vasilón”.

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