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Iris & Raymond & al.

2010/04/28

pic0704-murdoch007.1272356725.jpg¡Qué carnosos y qué ternezuelos son los franceses! Pierre Assouline, gran blogueador, saca a relucir en su République des livres que la escritora irlandesa Iris Murdoch (1919-1999) tuvo sus mases y sus ménoses con el escritor parisino (aunque nacido en Le Havre) Raymond Queneau (1903-1976). Ha aparecido una carta en que ella le dice a él: «Todo lo que yo escriba le deberá a usted tanto… Cuanto más me adentro en la literatura, mejor comprendo que todo lo que usted escribe es de vital importancia para mí… Haré todo por usted, seré todo lo que usted quiera que sea, me iré con usted adonde quiera, cuando usted quiera» (no les extrañe el «usted»: es costumbre entre franceses, incluso, a veces, recién desyacidos ambos interlocutores del mismo lecho). De este amor literario no carente, desde luego, de armónicos carnales, Assouline deduce, más o menos, que conviene someter a nueva consideración la obra entera de Murdoch, que seguramente no era tan British como la han venido considerando los críticos (porque, vamos, algo se le habría pegado de Queneau, ¿verdad?).

Quizá. Pero a mí, ahora, tras el régimen de guerracivilismo a que se ha visto sometido este blog durante unos días, lo que me interesa es arrancar por frivolidades más cotillonas que literarias. ¿Saben ustedes si alguien ha estudiado alguna vez los cruces sexuales entre escritores y las influencias que de ellos se derivan? Es un tema bastante inédito, y no porque los escritores seamos gente discreta en este terreno —ni en ninguno—, sino porque los detalles no suelen trascender de los círculos más íntimos: poquito puede importarle al belenestebanismo de ahora y de siempre qué plumífero o plumífera se haya acostado con qué plumífera o plumífero o entrambos a la vez… Iris Murdoch ha sido tachada de promiscua por les croquantes et les croquants, pero también está —con justicia, creo yo— en la lista oficial de los mejores escritores británicos del siglo XX; y Queneau, lector, traductor del inglés y miembro del comité de lectura de Gallimard (eh oui! Gallimard: el tope del tope, en las letras), antes de que su Zazi dans le métro (1959) le otorgara la fama mundial (sobre todo por la traducción al castellano, obra de don Fernando Sánchez Dragó, que en aquel tiempo tenía una novia francesa), era un hombre, y ya se sabe cómo son los hombres, en esto de lo venéreo. En otras palabras: hubo tema entre ellos, seguro; pero, en cambio, no sé hasta qué punto puede hallarse alguna concomitancia entre la obra de Murdoch y la de Queneau. Un biógrafo controvertido ha escrito que Murdoch «was prepared to go to bed with almost anyone» (estaba dispuesta meterse en la cama casi con cualquiera). Otro amante suyo, todavía más célebre que Queneau, fue Elías Canetti, que tampoco debió de ser manco, influyendo en la gente.

Pero yo lo que creo es que estos encontronazos sexuales no tienen por qué hallar reflejo en los escritos de los implicados. Una cosa es que Murdoch utilizara su capacidad de halago para seducir más a fondo a Queneau, y otra que tanta admiración fuese de veras. Supongo que entre literatos la literatura se añade a veces al amor o al rijo —sabrosa salsita—, pero más bien creo que es una herramienta de conquista como otra cualquiera. Para meterse en la cama con una señora o señor nunca ha sido indispensable enamorarse de su prosa o de su verso; y viceversa, claro. De hecho, la fascinación por el modo de escribir de alguien es más bien cosa de lectores grupis que de escritores.

Ni que decir tiene que yo, como todos los del gremio, me conozco unos cuantos intercambios sexudos entre escritores actuales, vivos y rabeando; pero tengo decididísimo que jamás los mencionaré fuera del corralito literario. Sólo espero que alguna tesis doctoral explote el asunto y nos revele todos los secretos.

Aunque tras ello resulte que alguna de nuestras figuras haya ligado una tarde con un francés (o francesa), y Monsieur Assouline decida traspasarlo o traspasarla al parnaso de su Patria. [Ya se han quedado con Picasso y con Victoria Abril, o sea que.]

[Curiosidades añadidas: apenas hay fotos de Iris Murdoch joven en internet; cada vez que creo haber encontrado una molona, me sale Kate Winslet en la película Iris (Richard Eyre, 2001) (bastante buena, por cierto).

Los escritores solemos pensar que nuestras afanosas y ejercitadas cabezas son inmunes al alzheimer. Fíate de la Virgen y no corras: Murdoch lo padeció a partir de los 76 años, y al principio creyó que era el típico bloqueo de escritor.

Ojo: Murdoch y Queneau y Canetti NO son escritores de mi edad: ellos nacieron antes que mi padre, y ella dos años después que mi madre. Es que últimamente me están ustedes echando muchos tacos encima. Y no.]

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  1. Ramón B.
    2010/05/02 en 19:51

    Sí, Mariano: John Bailey escribió los libros en que se basa la película IRIS, y fue marido de Iris Murdoch (era seis años más joven que ella; ahora está casado con una amiga del matrimonio). Pero la verdad es que no he leído nada de él.

  2. mariano
    2010/05/02 en 19:32

    Qué fácil pones la respuesta. Sí, la película está bastante bien, pero el libro en que se basa –de su marido, ¿Bayley?- no está nada mal tampoco.

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