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Acuerdos, convivencia: no hay otra solución

2010/04/28

Me encantaría poseer un musculoso y ágil «nosotros», pero no lo tengo; quiero decir un nosotros colectivo, social, homogéneo, predicable desde un púlpito político; un nosotros como el que se atribuyen, por ejemplo —ya que tan a mano nos pillan—, algunos gallegos y algunos catalanes y algunos vascos independentistas. Nadie sabe de veras, porque no se han hecho estudios fiables, cuántos son esos algunos, cuál es su peso dentro de las comunidades en cuyo nombre se expresan con el nosotros por delante. Ignoramos si son mayoría en todas o una o dos o ninguna de las tres zonas conflictivas, ignoramos qué ocurriría si en una consulta libre de coerciones se planteara la decisión de independizarse de España. Cabe sospechar o adivinar muchas cosas, para proclamarlas luego con la correspondiente vehemencia, pero no cabe demostrar nada.

Uno, desde esta ignorancia de los datos básicos, piensa que los problemas de identidad de estas comunidades solo podrían resolverse —como ocurre en todas las comunidades heterogéneas del mundo—, recurriendo a la negociación entre las partes, procurando obtener un acuerdo que genere la consabida resultante de fuerzas sociales (activa en tantos Estados de Derecho). Pero no parece posible, en España, en estas zonas de España donde algunos rechazan España, ninguna negociación. Entre gentes que se expresan, todas ellas, en un nosotros mayestático irrenunciable, nada cabe negociar. Una postura excluye las otras. Si eres gallego o catalán o vasco y no quieres la independencia de tus países respectivos, no eres gallego ni catalán ni vasco y no tienes más opción que la de someterte. Si eres gallego o catalán o vasco y quieres la independencia de tus países respectivos, no eres español y no tienes ningún derecho en España, ni tienes más opción que la de someterte. En ambos supuestos, tu única esperanza es que la facción dominante no desprecie mucho el Estado de Derecho y no te meta en la cárcel, llegado el momento… Píllenme esa mosca por el rabo.

No sé cómo gestionan esta situación en sus cabezas quienes hablan en nombre de todos los catalanes, todos los gallegos, todos los vascos, olvidando las enormes minorías (cuando no son mayorías) que conviven con su facción. No parece que nadie pueda gobernar en aquellos pagos sin tener en cuenta que, como poco, la mitad de sus gobernados estará en contra —rotundamente en contra— de sus principios políticos. No sé cómo podría hacerse, pero está claro que convendría tratar el problema desde sus raíces. El primer paso consistiría en averiguar cuánto pesa cada facción en su territorio. El segundo, en negociar un acuerdo de convivencia. Con todas las etapas intermedias, claro, y en permanente respeto de los derechos de cada cual.

¿Impensable? Impensable, desde luego, en un coro de nosotros, nosotros, nosotros, nosotros; y qué sabréis vosotros.

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  1. Txema
    2010/05/03 en 18:44

    Qué aburrido empieza a ser esto. Cómo os gusta a algunos ver la paja en el ojo ajeno y no la Audiencia Nacional, el Congreso y el Senado juntos en el propio. Qué manía con el “problema de identidad” de los periféricos, y con que la mitad “como poco” de los gobernados siempre iban a estar en contra (que yo sepa el 60 % es bastante más que el 40 %, al menos en lo que se refiere al País Vasco, datos sacados de sucesivas consultas electorales, que es el único sitio de donde se pueden sacar conclusiones porque otro tipo de consultas están no sólo prohibidas, sino que te mandan al banquillo de los acusados y con muchas posibilidades de acabar en la cárcel. Sólo por convocarlas).
    Resulta que no hace falta ningún estudio para saber lo que dices no saber, esto es, cuánta gente está de un lado y cuánta de otro. Se hace un referendum y a hacer puñetas, coño.
    Y lo nuestro no es un problema de identidad. Sabemos de sobra quiénes y qué somos. Es, y lo sabéis de sobra, un problema que consiste en que en un territorio determinado, con una configuración administrativa equis, hay una zona cuyos habitantes, por la razón que sea, desean emprender su andadura sin la “tutela” legislativa, ejecutiva y judicial del resto de sus conciudadanos, y el problema en sí es que ese resto de ciudadanos, por la razón que sea, no les dejan. Es más, en el caso español les amenazan con un engendro jurídico-legislativo llamado Constitución de 1978, en el que se dice que mandarán al ejército a impedir, se supone que a tiros, esa virtual independencia. Porque esa maravilla de constitución dice que “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. Y esa indisolubilidad y esa indivisibilidad se garantizan mediante el ejército según un artículo que dice: “Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”. Es decir, que por encima de la voluntad general está la voluntad del General(ísimo, que está claro que no acabó de palmar. Al final va a tener razón Garzón con eso de pedir la partida de defunción). Resulta que esa constitución rebosante de libertades impide la libertad de dejar de estar sometido a su imperio.
    No es que en “esas zonas” de España “algunos” rechacen a España. Es que en “otras zonas” de España “muchos” rechazan que los de “esas zonas” de España puedan decidir su independencia, y mucho más aún, que puedan ejercerla. Si trasladásemos esta filosofía a los demás órdenes de la vida nos encontraríamos con situaciones tan estrafalarias como que una pareja no se podría separar si uno de sus miembros no quisiera, o que un hijo no se pueda ir de casa, o que uno deje de pertenecer a un club de petanca si los demás no le dejan, o que el Estado español se vaya de la ONU, o que un vecino quiera cambiar de barrio. Me viene a la memoria lo que Rodríguez Zapatero argumentó contra Ibarretxe cuando este presentó su plan de libre adhesión: “Tenemos que decidir juntos”. Lema supremo de esa filosofía antes citada. No sé si a ti te parecerá una buena filosofía. A mi me parece desastrosa, por decirlo suavemente. Si quiero ser claro, directamente fascista. Explícame ahora eso de que es en las zonas periféricas donde no se quiere negociar. Convénceme de que no son los partidos mayoritarios españoles los que se cierran en banda.
    Otra cosa más. El “nosotros” mayestático, o el “todos” no menos mayestático, no son de uso exclusivo de los centrífugos. A no ser que seas ciego o sordo, sabrás que el “todos los españoles” es una de las herramientas más utilizadas por los centrípetos.
    No estamos inventando nada. Este tipo de procesos se han llevado a cabo a lo largo de la historia durante siglos, y se seguirán llevando a cabo durante siglos, si la Humanidad ceja en su empeño de suicidarse. Unas veces es de forma violenta (prácticamente toda América, Africa, Oceanía, Yugoslavia, Irlanda), otras con menos violencia (la antigua URSS), y otras de terciopelo o casi (República Checa y Eslovaquia, Montenegro y Serbia).
    Yo voto a favor del terciopelo.

  1. 2010/04/29 en 16:30
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