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Guerracivilismo (nota apresurada)

2010/04/24

La guerra civil española fue un feroz intercambio de bestialidades en el que ambas partes pretendían idéntico horrible fin: aniquilar al enemigo o hacerlo buscar los más recónditos escondrijos, de los que nunca volviera a salir. Las dos Españas estaban (y están, por desgracia) hartas una de otra, se sabían (se saben) incompatibles y no buscaban (buscan) métodos de convivencia pacífica, sino (ahora) modos de tener sometido al adversario —impedirle que aporte sus normas a la sociedad— durante tantas legislaturas como sea hacedero. La negación total que cada parte hace de la otra es incompatible con la verdadera democracia, porque elimina casi toda posibilidad de diálogo, de pactos, de compromisos. Un malísimo asunto, en el que la culpabilidad se reparte, mitad y mitad (más o menos: varía con los temas de conflicto), entre ambas facciones. [No me importa reconocer en mí mismo las limitaciones de la intolerancia; así, por ejemplo, solo negociaría con un católico a partir de una premisa irrenunciable: la separación completa entre Iglesia y Estado y la superioridad de la norma civil sobre la religiosa.]

Hay, sin embargo, en la guerra civil española y sus consecuencias, un par de factores que inclinan en contra del franquismo el equilibrio de la brutalidad. En primer lugar, el empate se rompe, inevitablemente, tras la victoria / derrota: los vencedores, en lugar de tranquilizarse y frenar las ansias de exterminio, prosiguen éste ya en la paz; no sé en cuántas víctimas de posguerra estarán de acuerdo los expertos, pero creo recordar que los cálculos más prudentes sitúan las cifra en unas cuarenta mil personas (otros hablan de doscientas mil). Un verdadero disparate.  [En el que quizá habrían incurrido también los republicanos si hubiesen sido ellos los vencedores; pero eso nunca lo sabremos.]

En segundo lugar, está el hecho histórico y comprobable (muchos aún lo tenemos en la memoria) de que las víctimas de los «rojos» fueron censadas, honradas, glorificadas, elevadas a los altares, cantadas en todas las canciones de gesta del régimen franquista, mientras las víctimas de los «nacionales» desaparecían de la memoria oficial. Entiendo que es esta injusticia la que se pretende subsanar con la ley de la memoria histórica. No me parece un deseo revanchista, sino la mera expresión de una antiquísima costumbre de los combatientes: enterrar a los muertos y, si es posible, honrarlos. Que Aquiles se negase a permitir las honras fúnebres de Héctor es uno de los «detalles» que nos parecen feos e innecesarios en la Iliada. Aquí, los vencedores siguen negándose a que sus deudos entierren decentemente a los vencidos.

La derecha debería reconocer este desequilibrio e incluso contribuir a subsanarlo. Se habría podido llegar a un acuerdo por el que las responsabilidades, ya remotísimas en el tiempo, de los ejecutores quedasen oscurecidas y, sin embargo, se honrase a los muertos, quitándoles también la culpabilidad y facilitando su localización en las fosas colectivas (o donde quiera que los sepultaran). Pero, como de costumbre, nadie ha querido pactar.

Garzón, en este asunto, es mera anécdota.

 

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  1. Superhombre
    2010/04/26 en 17:46

    Plas, plas, plas.

    Hoy me reconcilias un poco con mi país, que creía perdido.

    Se agradece.

  2. Enrique J.
    2010/04/25 en 02:54

    En la manifestación de hoy en Zaragoza, en la Pza de España, en las escaleras de lo que hoy es la Diputación Provincial, estaban algunas de esas víctimas de la guerra civil que pretenden, qué barbaridad, dar una sepultura digna a sus muertos. Si me los vuelvo a encontrar les expondré el discurso de Hector: ustedes FUERON así que desaparezcan. Me pregunto si en los colegios, mañana, a nuestros infantes uno de los HECHOS expuestos será la frívola e inhumana decisión de algunos de sus padres de negar a dichas víctimas poder honrar a sus muertos. Esto ya no tiene nada que ver con el franquismo si no con la decencia y el respeto más elemental: no se le puede negar a una persona despedirse de sus seres queridos. Y punto.

  3. 2010/04/24 en 20:06

    Suscribo punto por punto sus opiniones, don Ramon.

  4. hector
    2010/04/24 en 19:30

    A mi padre la guerra civil (“incivil” se escribe mucho ahora)casi como que le obsesionaba.Y no le gustaba nada. Yo la conozco de segunda mano, de lo que me han contado y de lo que he leído, y concluyo que fué una verdadera lástima . Pero FUÉ . Ya no es. Para mí queda a la altura de las carlistadas o la batalla de Bailén, poco más o menos . A mis hijos les importa literalmente tres pitos: no es más que una vulgar lección en un temario de Historia del bachillerato. Afortunadamente la profesora es una persona equilibrada : ni procede de la Sección Femenina ni cotiza al Socorro Rojo. Les expone aceptablemente bien unos HECHOS y punto. Confío, en beneficio de este país, que mis nietos ni siquiera tengan que estudiar nada de esto, que ya hayamos echado suficientemente la vista hacia adelante y no volvamos eterna y patéticamente, por intereses espúreos, a dar vueltas sobre el tema como burritos de noria. Salu2.-

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