Inicio > General > Nunca padecí de curas (o solo un año, ya mayorzote)

Nunca padecí de curas (o solo un año, ya mayorzote)

2010/04/11

Me cito de El año que viene en Tánger:

A lo que íbamos. Yo había elegido Sevilla para emprender mis estudios de Derecho, y mis padres tuvieron la beatísima ocurrencia de meterme en un Colegio Mayor regido por los Padres Salesianos. A mí. A mí que nunca había pasado por manos de curas, que sólo iba a misa porque en Tánger teníamos la iglesia en frente de casa —y me controlaban el trayecto—, que me consideraba una especie de dios pagano, de sol, de arena, de pinos, de mar, que sólo pensaba en escri­bir[1] (y en tres o cuatro chicas, con una de semidiosa) y que, para colmo, manejaba ciertos sueños de convertirme en actor. Sobre todo: que nunca creí mucho ni en el Padre, ni el Hijo, ni en la Santa Pa­loma. Sobre todo: que venía abatanado a la libertad de cultura —de poder leer todos los libros, sin prohibiciones, de haberme visto todo el cine europeo y norteamericano de la época, sin cortes ni versiones amañadas. De ahí, a un repulsivo casón que olía a santa mugre y a cirio, cuyo portero llevaba siempre puesta la camisa morada y el cor­doncejo amarillo de los penitentes, gobernado por un agrio sacerdote, viejo, feo, casposo, que se pasaba las noches recorriendo los pasillos no fuera a ser que alguno de sus queridos colegiales se metiera en el cuarto de otro después de la cena. Motivado por los celos, supongo. Yo qué sabía. Lo llamaban El Avispa.


[1] Tenía en marcha mi ya mencionada primera novela. No me abochorna reconocer que por aquel entonces mis influencias principales eran Hemingway, Graham Green y el Bonjour tristesse de Françoise Sagan, cuyo éxito prometía las mismas posibilidades a quienes éramos algo más jóvenes que ella. Había leído a Nietzsche y a Sartre. A Saint-Exupéry. Clásicos, claro (odiaba a Lope de Vega y esa inquina estuvo a punto de costarme un suspenso en Literatura, por enfrentamiento con una histérica que llevaba las clases de quinto de Bachillerato, en vez del titular). [Conviene señalar, en este punto, que León se equivoca, como veremos luego, en su recuerdo de la disputa: no fue por Juan Ramón Jiménez, sino por Lope de Vega y Carpio. Da lo mismo, pero que conste.] Me había reído muchísimo con Don Quijote. Ignoraba casi todo. Más o menos como ahora.

Fue un año espantoso, desde luego, el que viví en aquella Residencia, obligado incluso a pasar por unos ejercicios espirituales que me dejaron atónito por su estupidez. Recuerdo un cura jovencito, gesticulante, describiendo con verdadero entusiasmo las llamas infernales en que arderíamos todos los pecadores para siempre jamás; recuerdo, aunque parezca mentira (quizá lo contaran entonces en todos los ejercicios espirituales, porque esta misma historia la he leído y oído de otras personas), no sé qué de un muchacho santísimo que comete un pecado idiota y de pronto le cae una teja en la cabeza y lo mata y el pobre desgraciado acaba con Pedro Botero, porque muere sin la gracia de Dios, qué gracioso. No pude vengarme del todo. Una noche agarré una bola de hierro que había sacado de no sé dónde y me subí al último piso y la hice rodar por una escalera de caracol, metálica y estrepitosa. Se levantó el Avispa como una fiera sucia y hedionda bajo la sotana casposa, en busca del culpable, pero no me agarró. También me vengué de otra manera, pero esa voy a callármela aquí.

Es decir que nunca me ha metido mano un cura. Recuerdo de los tiempos de Tánger que los alumnos de los Marianistas (otra marca de religiosos, con colegio en la Ciudad Internacional) contaban anécdotas de un profesor anciano —¿de matemáticas?— que les palpaba los muslos. Tiene razón el cura español a quien recientemente condenaron en Chile: la sociedad católica siempre aceptó estos abusos, quizá por considerarlos inevitables, o por creer que eran un precio a pagar por la impagable educación cristiana que recibían sus retoños. No sé. Los feligreses nunca han creído en la castidad de sus pastores de almas. Es vox pópuli que los curas siempre han tenido sobrinas y amas que les atendían la libido, y que siempre han dejado preñadas a señoritas y señoras de su parroquia. Cómo va a ser de otra manera: la testosterona es invencible. Y los perversos llevan milenios, desde el principio de la humanidad, abusando de los jovencitos y de las mujeres tontorronas. No hay de qué escandalizarse, a estas alturas, como no hay de qué escandalizarse por ningún otro delito. Hay que castigarlo como cumpla en cada caso, y ya está.

No pretendo que las cárceles se llenen de curas, ni que todos los implicados salgan al patio gritando libertad, libertad, libertad. Me encanta, sin embargo, que lo siempre sabido se haga público y que nos dejemos ya de cuentos santos. (Entre paréntesis: es evidente que los afectados españoles no se atreven a denunciar nada. ¿Cómo es posible? ¿Tan subyugados nos tienen los curas?)

[Leo una frase tremenda en el confidencial hipercatolicísimo Hispanidad; la firma Eulogio López: «Y esto es bello e instructivo, porque les aseguro que, incluso muchos cristianos y otras buenas personas, se encuentran enamoradas de ese derecho [el internacional], sin caer en la cuenta de que no puede existir otro derecho internacional que los 10 mandamientos.» O sea que el derecho internacional consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, en no pronunciar su santo nombre en vano, en santificar las fiestas, en honrar padre y madre, en no matar, en no fornicar, en no levantar falso testimonio ni mentir, en no consentir pensamientos impuros, en no codiciar los bienes ajenos… Esta gente se cree en posesión no ya de la verdad, sino de la Ley absoluta, que puede imponerse a la tierra entera, sin cortapisas ni miramientos. Han matado mucho a partir de este convencimiento (como se mata a partir de todos los dogmas, no nos engañemos). Son fanáticos. Son peligrosos.]

Anuncios
  1. Aún no hay comentarios.
  1. 2010/04/11 en 19:55
Los comentarios están cerrados.
A %d blogueros les gusta esto: