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Lo poe-sía

2010/01/27

A mí me gusta(ba) hacer de todo y, ya puestos, ser de todo. Por eso quizá fui poeta. No, en serio : profesional ; tengo cinco libros publicados en una de las dos editoriales más prestigiosas de poesía, y dos o tres más por ahí, en medios tampoco indignos. A partir de la aparición de El año que viene en Tánger lo dejé, porque se me había hecho evidente que no tenía ( no tengo ) sitio entre los poetas. Dirán ustedes que qué más me da, que para qué quiero tener sitio entre personas que —quitadas tres o cuatro— me son todas ellas perfectamente bah. Sí importa. Toda profesión tiene un aspecto corporativo que confiere la indispensable sensación de pertenencia, de clan, de tribu, o de horda. El ser humano no está hecho para desempeñarse solo por el mundo.

También puede ser, más sencillamente, que las Musas me impusieran el silencio, atorándome la inspiración.

Vaya usted a saber. Who cares.

Y, sin embargo, internet ha conseguido que vuelva a preocuparme la poesía. Cada vez que me han preguntado sobre el impacto de la Red en la literatura he contestado lo mismo : será bueno para todos los escritores minoritarios y especialmente bueno para los poetas. Mi testaruda profecía está confirmándose : la libertad de publicación, la posibilidad que se ofrece a los vates y las vatas de que desplieguen su obra ante su público ( limitado, pero siempre hay un roto para un descosido ) por procedimientos virtuales está provocando un verdadero estallido de||| ojalá pudiera decir « de poesía », pero es más bien de « versos ». Versos satánicos en su vulgaridad, su cursilería, su hecatombe de tópicos a los dioses de la fina sensibilidad, su empecinamiento en todos los tics y los tacs que la poesía decente tiene eliminados de su repertorio desde hace milenios. Para estos artistas no ha habido, por ejemplo, poesía griega, ni Catulo, ni Virgilio, ni Horacio, ni Lope ni Quevedo, ni siglos XVIII y XIX inglés, ni los tremendos poetas franceses del siglo XIX, no digamos los enormes norteamericanos del XX, ni nada de nada. Solo ha habido boleros y Bécquer con añadidos del Lorca más barato… ( Me apetece poner ejemplos, pero no voy a hacerlo : no sabría qué bodrio elegir.) Para colmo, al elenco de poetastros hay que añadir, para más dolor, el de los saltimbanquis, los que se dedican a hacer monerías para llamar la atención de los medios, a ver si les montan una buena entrevista y les regalan la oportunidad de hacer el gamberro y granjearse la voluntad de los gamberros. Hay por ahí una poetisa casi gallega —no la nombraré— a la que solo le falta colgar una foto suya con un dildo insertado y un poema de Omar Khayyam ( Jaiiam ) tatuado en la depilada barriguita. Lo hará. Quizá sea que aún no se le ha ocurrido… (Ni que decir tiene que las redes sociales contribuyen como santos milagreros al corrimiento de estas hazañas poéticas.)

Y ¿ qué puede hacerse ?

Pues no, nada, no puede hacerse nada. Únicamente rendirnos a la evidencia de que las editoriales siguen siendo indispensables, nos pongamos como nos pongamos, aunque solo sea como agentes de selección de textos y, luego, de recomendación al público. Tendrán que inventar el modo de conseguirlo y de que los lectores paguen por su asesoramiento. Tarea para gente con imaginación, la que más falta hace en este planeta, en esta coyuntura. Ojalá proliferen.

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  1. 2010/01/29 en 13:20

    Me parece una reflexión muy acertada, hay mucho poetilla de bar suelto por Internet…
    En todo caso, lo que perdura es siempre lo que tiene una calidad.
    He visto que algunas de tus obras están en pdf, aprovecharé para echarles un vistazo, con tu permiso!

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