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Intimidad

2010/01/09

¿Qué intimidad? Nuestro actual concepto de intimidad tiene muy poca solera histórica. Hasta mediados del siglo XX, desde las cavernas o las ramas de los árboles, siempre vivimos los hombres en comunidades pequeñas, donde el secreto era imposible, donde todo se sabía, tarde o temprano, incluido el color de nuestras deposiciones y los lunares en las nalgas. Es en las grandes ciudades de nuestra época donde se cría la necesidad de anonimato y ocultación, donde empieza a parecernos peligroso que los demás tengan demasiados datos sobre nosotros; donde, además, la defensa es posible, porque vivimos a puerta cerrada y porque las multitudes nos ocultan cuando salimos de nuestros recintos.

Los cambios tecnológicos están desmontando el blindaje. Si seguimos en la línea actual —y no se percibe señal alguna de que vayamos a abandonarla—, dentro de unos años cualquiera podrá saber donde está cualquiera, qué ha hecho o qué está haciendo, con quién se ve, con quién habla. Ahora, los grandes números nos permiten aún cierta confianza. Cada vez hay más cámaras privadas y públicas  por todas partes, grabando lo que hacemos, pero todavía no hemos refinado los procedimientos de localización individual. Un aparato nos está grabando al doblar esa esquina o entrar en tal café, pero no existen programas a los que pueda pedírsele que localicen las andanzas de una persona concreta: hay que verse las grabaciones y, luego, averiguar quién es el que lleva el sombrero verde. Dentro de muy poco, seguro, bastará con preguntarle a la máquina «Oye, tía, ¿dónde estaba Perico ayer a las cuatro de la tarde», y pumba. Es terrorífico, quizá, pero no evitable. (Sí, sí, claro: inventaremos contratécnicas capaces de protegernos —de proteger a los más ricos, supongo—. Habrá una lucha permanente entre la obtención de datos y los sistemas de bloqueo o emborronamiento, pero es de prever que los primeros vayan siempre por delante de los segundos.) (Ya veremos, nunca mejor dicho.)

Así las cosas (o apunto de así), más vale que nos vayamos acostumbrando a vivir en público, y más vale que entre todos impongamos en nuestras colectividades los cambios de mentalidad imprescindibles. Sobre todo si seguimos empeñados en renunciar a todos nuestros derechos para que los gobiernos nos garanticen la seguridad.

Hay una frase terrible, desde antiguo atribuida a Goethe: «Prefiero la muerte de un inocente a tener que soportar el desorden». Ahora somos más frívolos y debemos cambiarla: «Prefiero que me vean en pelota picada* a tener que soportar el terrorismo».

* Y que la imagen, tarde o temprano, le llegue a algún vecino y que el muy cabrito la cuelgue en su página web.

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