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Rarezas de lector

2010/01/04

El libro estaba en casa, pero yo ya había visto la película cuando lo localicé en segunda fila de librería, tras los tomos de Wenceslao Fernández Flórez que mi padre encuadernaba con entusiasmo. Ni se me pasó por la cabeza leer la novela en que estaba basada aquella película tan estúpida.

Mi madre tarareaba con frecuencia: «Sombra de Rebeca, / sombra de misterio»; y era muy aficionada a unas chaquetillas de lana llamadas «rebecas». La novela apareció en 1938. La película, que es de mi edad, empezaba así.

Siempre, desde pequeñito, he detestado la obra de Hitchcock, y siempre, desde adolescente, he enfadado a mis amigos más o menos cinéfilos con mis opiniones al respective. Cosas temperamentales, que no pueden justificarse. A los doce o trece años, cuando vi Rebecca (que quizá se titulara La sombra de Rebecca en España, no lo sé ahora, ni tengo ganas de despertar a Google para tan poco asunto), salí totalmente indignado del cine. Al «¿Qué tal?» con que me recibieron en casa, a la vuelta, contesté con un lacónico, rotundo e irreversible «Malísima». Y hasta ahora. En ningún intento posterior he logrado pasar de los primeros minutos.

Pero el caso fue que la hitchcockada me impidió leer la novela, y que mi caprichosa negativa me obligó —para tener razón— a endilgarle a Daphne du Maurier una imagen de institutriz ñoña, viejuna, mandona, fea. Y hete aquí que ayer noche, buscando otro dato en el catálogo de VIRAGO, me encontré con esto:

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Lo cual me llevó a echarle un vistazo al currículo de la señora Du Maurier y a enterarme de que en 2007 —centenario de su nacimiento— la BBC presentó una serie biográfica que fue un escándalo, porque solo se ocupaba de su vida sexual (es decir que, para asombro mío, ¡había tenido vida sexual!), y vi la larga lista de sus obras, y me hice cargo del enorme éxito que tuvo en su tiempo; y pensé que seguramente no me he perdido mucho no leyéndola, pero que el personaje merece sus ratitos de atención.

De paso, descubro que a mí no puede interesarme, nunca, nadie que no tenga o haya tenido una «vida sexual»; y que, seguramente, por eso ninguneo a Hitchcock (que quizá fuera un osado menorero, como he leído en algún sitio, pero que, desde luego, para mí, está más limpio de sexo en sus películas que una hagiografía de santa Bernadette*).

* No se molesten en explicarme que ustedes lo encuentran morbosísimo: lo doy por supuesto. Allá cada cual con sus sensibilidades y sus cegueras. Son ustedes muy  libres de imaginarle una libido a la suegra de Antonio Banderas. ☺

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