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Colocando libros

2009/12/05

Hay en ello placeres viejos. Terminada la obra, montadas las nuevas estanterías del cuarto de estar (que ahora pasa de los cincuenta metros cuadrados), arrastramos del garaje los paquetes que aguardan desde hace dos o tres meses, les rompemos los precintos, vamos sacando los libros y, poco a poco, llenamos las baldas. Renunciamos, en principio, a la ordenación rigurosa: solo por literaturas (española, inglesa, francesa, alemana, rusa, etc.) Son obras del XIX para abajo, Roma y Grecia no incluidas (Roma y Grecia están aquí arriba, en mi gabinete, junto con los libros de no ficción, los de referencia, los de teatro) (la novela del siglo XX y XXI tiene su propia biblioteca, en el taller de Angelika). Voy mirando uno por uno los títulos que colocamos en cada sector. Se me aparecen libros que no recordaba tener. Cosas que alguna vez debería instalar en la mesilla de noche, para darles una o dos oportunidades.

Los dedos van ennegreciéndose y hay que abrir las ventanas, porque el aire se empolva. Algo habrá que tirar, no cabe todo, aun faltan los puñeteros vinilos, además. ¿Esta colección de libros sobre ciudades que sacó Planeta hace tiempo, para que se ganaran unas pesetas unos cuantos autores de su cuadra? Le guardo rencor: quise hacer Tánger y no me dejaron, no me consideraron digno de tanto privilegio. Le pido a Angelika que los ponga aparte, para pensarnos si los arrojamos o no al cajón de los desperdicios, pero cuando vuelvo a mirar ya no están. Tampoco ella los ama. Jacti sunt, más o menos. Habríamos podido venderlos en eBay, a lo mejor… Aparecen tres o cuatro ediciones distintas de los favoritos, claro. Cuántas celestinas, cuántos libros de buen amor, cuantos buscones. Shakespeare a mansalva. Rimbaud, Lautréamont, Mallarmé. Lope. Cervantes completo y recompleto. ¡Dos veces La araucana! (¿habrá alguien más en este mundo que tenga dos ediciones distintas de La Araucana en su casa?). Gilgamesh traducido al inglés, al francés, al castellano (dos versiones). Qué caprichoso todo, qué gozadero.

Y todavía nos quedan dos o tres días de trabajo.

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  1. Nimius
    2009/12/10 en 10:59

    La verdad es que a mí, empedernido lector, no me gustan los libros en las estanterías. Me roban espacio físico y mental. Como siempre me ha dado mucha pena tirarlos, los abandonaba en bancos y parques, y sólo me quedaba con los libros que estaba seguro de que volvería a leer: toda la poesía, Shakespeare, y algunos ensayos… ( Y los libros propios, los regalados, o los firmados, claro)
    Como no soy fetichista del papel creo haber encontrado una solución no perfecta. Una solución que creo que se perfeccionará con el tiempo. Tengo un lector electrónico y soy un lector feliz. Tenía grandes dudas pero se han disipado. Leo y leo, y nada me roba espacio.

    Un saludo.

  2. 2009/12/07 en 20:42

    Ufff..xDD Es un placer delicioso trastear con todos esos libros….

    • 2009/12/09 en 19:28

      Sí. Se pone un perdido de polvo, pero sí. ☺

  3. Ramón
    2009/12/07 en 02:48

    Bonito apunte del natural. Entrañable, si no se me enfada, por lo que tienen reabusada esa palabra los niños y las mascotas.

    Salud hasta que sobre, porque nunca sobra.

    Y no tire libros, por favor, tire curas u obispos pero no libros… dónelos a una cárcel, a un centro de reinserción social, a un colegio de monjas… ya quemaron todo lo que había que quemar los jodidos nazis.

    Es broma, claro, de su capa, cada uno, eso que rima con mayo…

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