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Regulares

2009/11/04

1955.03 Antes de la jura de bandera, en Rembrandt 19«Educando de banda» del Tabor* de Regulares no. 4, acuartelado en Alcazarquivir, año 1955. La foto está hecha por la mañana temprano, en la Galería de nuestra casa de Tánger, Rembrandt 19. Mi padre, que entonces ya era jefe de la sección española de la Policía Especial de Tánger**, me llevó en coche al Tzenín de Si Yamani, en cuyo «Llano amarillo» (no el auténtico, es decir el de Ketama, donde cuentan que se juramentaron diversos militares africanistas al grito de «¡CAFË!» (¡Camaradas, Arriba Falange Española!) (aquí tienen ustedes un relato del pintoresco acontecimiento) (el monumento a aquella movida tan mitificada por el franquismo fue traslado de Llano Amarillo a Ceuta, y allí sigue) juré bandera. Muy duro, aquello, en formación, firmes, machacados por el sol leonino, con los soldaditos de la península desmayándoseme alrededor; pero ahí terminó mi servicio militar, porque la verdad es que a partir de aquella mañana ya no volví a ponerme el uniforme, ni siquiera para darme una vueltecita de disimulo por el cuartel de Alcazarquivir. El capitán de mi compañía era mi tío Alberto. Y me abonaban una simpática cantidad de dinerillo, porque a la pingüe paga de soldado se añadía el importe del rancho que no consumía. No recuerdo cuánto era, pero me compré algunos discos de 45 rpm a costa del erario español. Bill Haley, los primeros de Elvis, Gilbert Bécaud, The Four Lads… ***

Y observen sus mercedes ahora el tárbush (el gorrito rojo) de diseño que llevaban estos soldados de Regulares en un reciente desfile (y échenle un vistazo, ya que están, a esta asombrosa página). ¡Cuantísimo hemos mejorado! No sé cómo hay tanto burro que lo pone en duda.

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* Yo digo tábor, no tabor (como manda Academia); y parece, según la investigación que en este mismo momento tenemos en marcha mi hermano y yo, que así lo pronuncian o pronunciaban casi todos los españoles del Protectorado. La palabra viene del árabe, claro, pero el árabe la tomó del turco, que a su vez la había robado de algún idioma balcánico o centroeuropeo… La etimología es la única ciencia humana, y la más hermosa de todas las ciencias.  

** Un pequeño ejército que se creó en la Ciudad Internacional para preservar el orden público, tras los cruentos sucesos de 1953 (algún día hablaremos de esa matanza: uno de los temas tabú de la historia de aquel Tánger).

*** Sí, bueno, claro, cómo negarlo: una tremenda inmoralidad. Nunca me explicaron en casa por qué me hacían el gigantesco favor de librarme del servicio militar. No era costumbre que los hijos de oficiales del ejército se escaquearan así. Mi hermano Íñigo tuvo que hacer las milicias universitarias (también eran un privilegio, comparadas con la mili normal, esas milicias, pero beneficiaban a todos los estudiantes por igual). Imagino que sería por cuestiones de salud: mis padres estaban obsesionados con una enfermedad del pecho que padecí en la niñez, y me tuvieron los bronquios entre algodones todo el tiempo que pudieron. Otra razón no se me ocurre… La verdad es que ahora, a estas alturas, medio siglo después, me siento un poquitín culpable.

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  1. jose aguilera espejo
    2010/01/05 en 16:07

    aguilera espejo del 53 si hay alguien conocido contacte

  2. 2009/11/04 en 14:45

    Más que tus bronquios, tus padres seguramente estaban protegiendo tu joie de vivre.

    • 2009/11/04 en 14:59

      Pues mire uste, doña María José, que no creo yo que a mis padres se les diera un ardite mi «joie de vivre»: no era asunto que preocupase a nadie en aquella lejana época; había que ser serio, responsable, trabajador, buen cristiano, buen padre de familia (los hombres)… Pero ¿gozar de la vida? Qué frivolidad.

  3. Amador
    2009/11/04 en 13:07

    Soy el mayor de cinco hermanos varones, hijos de militar. Cuando cumplí los dieciséis, mi padre me “propuso” presentarme voluntario para cumplir el servicio militar. La voluntariedad acarreaba el compromiso de permanecer dos años en filas, a cambio de lo cual se disfrutaba el privilegio de elegir destino. Así, la cosa era sencilla. En palabras de mi padre: “eliges mi regimiento y, tras los tres meses de campamento de instrucción, ya no pisarás el cuartel”. Era práctica común entre hijos de militares.

    Por razones que no hacen al caso, pero que no tienen nada que ver con la integridad, la honradez o el rechazo de privilegios, no quise aceptar la prebenda.

    Mis hermanos, en cambio, sí se beneficiaron de la voluntariedad y los destinos de mi padre. Sucesivamente, fueron pasando por el campamento de instrucción, cada uno menos tiempo que el anterior, hasta llegar al menor, que no llegó a facturar ni un mes en filas. No obstante, a todos ellos les afectó algún hecho singular que exigió su acuartelamiento durante un par de días. A uno la muerte de Carrero Blanco, a otro la de Franco, a otro más la intentona golpista del 81…

    Yo fui “prorrogando” mi incorporación forzosa a filas durante los años de estudios, hasta que, cumplidos los veintiocho, ingresé en el campamento de Colmenar Viejo para pasar catorce meses uniformado.

    Años más tarde, en una comida familiar, comentando “las cosas de la mili” (que, como Mafalda sabe muy bien, a los varones que tuvimos que “hacerla” nos encanta referir), mis hermanos contaron cada uno las circunstancias de aquellos acuartelamientos de un par de días que cada uno tuviera que sufrir. Cuando yo dije que durante el año largo que cumplí no había ocurrido nada excepcional, todos saltaron a coro, entre risas: “¡es que tú tuviste mucha suerte!”

    • 2009/11/04 en 15:02

      Pues sí, hombre, sí, mucha suerte. ¡Catorce meses de mili! Saldrías hecho un hombre. Era lo que se contaba: la mili hacía de ti un hombre hecho y derecho. Ya digo. Un privilegio, lo tuyo.

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