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Tiempo entre costuras

2009/11/03

La novela El tiempo entre costuras, de María Dueñas, fue objeto principal del yusodicho* programa. Es un éxito de estos que surgen sin que la editorial se dé mucha cuenta, a la chita callando, por el boca en boca, que es la única forma legal y simpática —aunque no siempre sensata y justa— de difundir el conocimiento de los libros. Empieza a recordar lo que ocurrió con el primer Zafón y, más aún, con los primeros Pérez-Reverte. Ya iremos viendo.

Yo ya no sé en qué consisten los buenos libros, ni detecto tampoco, en el criterio de los expertos, nada que me oriente: capricho de coyuntura, las más de las veces. Veo, eso sí, que El tiempo entre costuras lleva el acierto ya indiscutible de haber dado con un tema que interesa a los lectores españoles (y, sospecho, a los de otras lenguas, cuando se traduzca). No es tanto el asunto del Protectorado Español de Marruecos, del que solo los ancianos tenemos recuerdo y que, además, apenas se toca de veras en la novela**, como el eterno relato de los espías en la segunda guerra mundial. Dueñas, montando una historia inventada (Sira, la costurera espía) sobre una historia real (Rosalinda Fox, amante del Alto Comisario de España en Marruecos y espía inglesa en los medios españoles), obtiene una verosimilitud —una suspension de la incredulidad—que no está al alcance de cualquier novelista y que el lector, sin duda, acoge con deleite. A ello contribuyen una más que correcta ambientación***, un sobrio y eficaz trazado de los personajes y, desde luego, una escritura que a veces incurre en manierismos efectistas****, pero que alcanza niveles muy altos en muchos pasajes. En resumen: El tiempo entre costuras tiene que ser una buena novela, aunque yo ignore totalmente en qué pueda consisrtir, estando las cosas como están, una buena novela.

* Miren, ya sé que «yusodicho» no está en don DRAE; pero me apetecía utilizar el término. «Suso» era arriba y «yuso» era abajo, en el castellano estupendo de nuestros antepasados (hay topónimos que conservan estas palabras: Campo de Yuso, San Millán de Yuso, Monasterio de Suso). Si decimos susodicho, por qué privarnos de yusodicho. Feíto, sí, lo reconozco; pero los caprichos no son ni feos ni guapos, son gratos de satisfacer. Guau.

** Es fácil que no se escriba nunca la novela del Protectorado Español, no en su versión imperialista y arribaespaña, sino en la versión de quienes ingenuamente creyeron en su misión civilizadora y amaron apasionadamente a Marruecos. Mi padre, entre ellos. ¿Qué hacía aquel hombre de treinta y muy pocos años viviendo entre kabilas, sin luz ni agua corriente, con su mujer de veintitantos años y sus dos hijos, estudiando árabe con auténtica obsesión, convencido de que hacía la mejor historia que puede hacerse? Yo he vivido, de pequeño, en el Had de la Gharbía y en el Tzenín de Si Yamani (que ahora se llaman de otra manera), en auténticos barracones disimulados por la cal, sin más europeos alrededor que mis padres y mi hermano Íñigo, más un médico (más un tercio entero de la Legión, a un par de kilómetros de casa, en el Tzenín). Es digna de ver la foto de mi primer colegio, dirigido por Sidi Mohammed (lo estoy viendo, a Sidi Mohammed, con su chilaba gris impecable): un niño rubio (sí, entonces era rubio), con su babi blanco, rodeado de moritos, cada cual vestido a su manera indígena… Pero, claro, la novela no está en ese niño, creo yo, sino en mi padre y quienes como él vivían convencidos de trabajar para siempre, para la hermandad definitiva entre el Islam y el Cristianismo, para la identificación gozosa de Marruecos y España. Ingenuidades tremendas, casi injustificables; pero los hombres solemos creernos lo que nuestras épocas nos van contando.

*** El Tánger de finales de los treinta y principios de los cuarenta que María Dueñas describe no puede evitar el sesgo en que tantos cronistas incurren: Francia, Inglaterra, Italia, etc., desempeñaron un papel importante en el planteamiento y desarrollo de la Ciudad Internacional, pero ello fue por el peso (muy superior al de España) que tenían como «potencias» en aquel momento histórico. No, en modo alguno, porque sus «colonias» respectivas ejercieran influencia real en la vida tangerina occidentalizada, que siempre dependió de los españoles y los hebreos. El bar del Minzah jamás fue tan importante como el Café de París o el Casino Español.

**** Véase la primera línea, que casi me echa del libro para siempre: «Una máquina de escribir reventó mi destino».

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  1. 2009/11/07 en 01:20

    Un abrazo, don Rafael. No soy consciente de que se haya puesto de moda el tema de los espías a la española, pero la verdad es que las modas corren tanto últimamente que ya no se perciben; más que modas, son súbitas ventoleras.

  2. Rafael
    2009/11/05 en 14:52

    Vaya.

    Me resulta curioso que se esté poniendo de moda el tema de “espías a la española”. No hace mucho vi “Flores negras”, peli española de espías españoles de los tiempos del telón de acero. Y está bastante bien.

    Cordiales saludos, D. Ramón.

    Rafa Monreal

  3. Candi
    2009/11/03 en 17:09

    El boca a boca milagroso. Parece entretenido ese viaje en el tiempo.
    http://www.eltiempoentrecosturas.blogspot.com/

    En la nota precedida de dos asteriscos tal vez cabría añadir «IN MEMORIAM: HASÁN UDKINI»:
    http://www.rbuenaventura.com/Udkini.pdf

    • 2009/11/03 en 18:56

      Qué barbaridad, Candi, qué erudición. Desperdiciada en mí, además. En fin: no niego que este poema inédito encaja con la nota de hoy.
      Estoy preparando una edición completa de mis poemas, con algunos inéditos, que colgaré en o de algún sitio.

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